Sudor y ganas
Arantxa Genovés Martínez | Txatxipiruli

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Después de seis años en pareja y ocho meses de duelo, por fin iba a tener una maldita cita con un desconocido. No es que fuese la ilusión de su vida, la verdad, pero Carol había insistido mucho con que pasara página y todos esos rollos, así que aceptó quedar con Gerardo, un compañero de trabajo que, según su amiga, era el clavo perfecto para olvidarse de Manuel.



Marina fue con tiempo al punto de encuentro. No quería ir con prisas, así que decidió cogerse un buen libro, sentarse en el bar y esperar pacientemente a su cita mientras empalmaba cafés y cigarros.



Gerardo llegó tarde, cosa que hizo que empezaran con mal pie. Marina odiaba la impuntualidad, la tapa del inodoro subida y los ronquidos. Él se excusó diciendo que el tráfico de Madrid era horrible, que aparcar era toda una odisea, que encima su perro se había meado en el salón justo antes de irse de casa… Bobadas, vamos. Marina asintió con la cabeza y le pidió amablemente al camarero un doble y unas patatas. Necesitaba pasarse al alcohol para enfrentarse a esta cita.



Estuvieron más de dos horas charlando. Bueno, más bien, Gerardo hablaba y Marina escuchaba. Apenas participaba en la conversación, pero parecía que a él le daba igual. De repente, decidió dejar de hablar de su vida y empezó a piropearla de manera sutil, mientras le acariciaba el brazo con la yema de los dedos y rozaba disimuladamente su pierna con la punta del pie.

Marina se limitó a hacer como que le gustaba y siguió sonriendo como una imbécil. Gerardo no era para nada su tipo, pero hacía más de medio año que no follaba y estaba desesperada por echar un polvo.



Cinco cervezas después, empezó a ver a su cita con otros ojos. Mientras él seguía con su aburrido discurso, ella intentaba imaginar cómo sería en la cama, si le iba el rollo duro o sería un mojigato, si le dejaría morder con ganas o se limitarían a practicar el triste misionero con la luz apagada. Hicieron falta dos copas más para conseguir arrastrarlo hasta su casa. Gerardo se resistió, porque decía que él no era de los que follan en la primera cita, pero Marina se rio en su cara, le cogió de la mano y se lo llevó sin pedir permiso, como si de un trofeo se tratara.



Llegaron a la cama a trompicones, mientras se desnudaban torpemente e intercambiaban fluidos, sudor y ganas. Marina lo lanzó contra el colchón y se subió sobre él, dispuesta a cabalgar su cuerpo salvajemente mientras recuperaba un poquito de amor propio con cada embestida. Pero cuando sintió su miembro dentro, empezó a sollozar. Lloró por los días que estuvo con Manuel, y por los meses que le quedaban para aprender a vivir sin él. Pidió a Gerardo que se fuera y se acurrucó en el sofá hasta quedarse dormida.



Estaba claro que todavía no estaba lista para una primera cita, pero bueno, al menos lo había intentado.