SUEÑOS ENTRELAZADOS
Ana Belén Portela Fernández | Addara

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Volver al mercado de la soltería tras el divorcio no es la experiencia revitalizante que algunos predican. Mienten. En el mismo instante en que decides pasar página y adentrarte de nuevo en ese mundo, te enfrentas a una nueva realidad.



Tienes cuarenta años y te das cuenta de que no sabes nada. La pregunta más sencilla que te haces es: ¿Con quién puedo salir de copas? Y eso solo si tienes la suerte de tener a alguien cercano en tu misma situación; si no es así, estás en aprietos. Otras preguntas surgen, como ¿dónde voy?, porque los lugares que solías frecuentar hace quince años ya no existen o son para veinteañeros. Y esa ya no es tu situación. Seamos sinceros, tu nueva realidad es una mierda.



Habían pasado seis meses desde mi divorcio, desde que me di cuenta de que mis sueños estaban rotos, que nunca habían sido míos para empezar.



Ya había hecho las típicas tonterías que hacemos todos: cambio de look, gimnasio… mi cuerpo no había estado nunca tan terso, ni mi piel tan cuidada.



La gente piensa que es porque, al casarte, te descuidas y al divorciarte recuperas esa parte de ti mismo. La realidad no es esa. Te duele pensar; ya no tienes que repartir tu tiempo con esa persona, así que cuanto menos tiempo libre dejes a la vocecita de la cabeza, mejor.



Sin embargo, allí estaba yo, mirando mi reflejo en el espejo con nerviosismo. Había renunciado a buscar un nuevo romance cuando apareció Antonio, un compañero que se había trasladado desde otra sede. Fui la encargada de enseñarle todo y apoyarlo en sus primeros días.



Una cosa llevó a la otra, y al final, me pidió una cita. Curioso, ¿verdad?



El vestido negro resaltaba mi figura, dándome confianza, pero siendo sincera, tenía miedo. Después de años de matrimonio, iba a tener mi primera cita.



Quería que fuera bien, por supuesto. Pero con mi matrimonio, aprendí una cosa: nunca dar por sentadas las cosas.



Cuando entré en el restaurante tenuemente iluminado, Antonio ya estaba en la mesa esperándome. Nos saludamos torpemente con un beso en cada mejilla. No sabía quién estaba más nervioso. Por suerte, el vino es un aliado infalible. No pensaba perder el tiempo de nuevo en alguien que no buscase lo mismo que yo.



—Mi matrimonio se acabó porque me vi obligada a elegir entre libertad e hijos — disparé sin rodeos. Antonio parecía confuso con mi sinceridad, dejó la copa a medio camino. Pero yo ya no pensaba parar. —No pienso volver a cometer ese error.



Antonio posó su copa, me agarró la mano y la acarició.



Me sentía en la obligación de explicarme, pero la losa que tenía sobre la cabeza me estaba haciendo pequeñita.



—No te estoy pidiendo matrimonio, solo quiero que me digas cuál es tu siguiente paso en la vida.



Antonio me sonrió.



—Yo quiero niños.



Mi sonrisa fue genuina. Era ligera como una pluma. Dejaría que me llevara el viento.