640. SUITE POLAR JUNIOR
Juan Felipe González Mejía | Busiraco

—Oye Busi, ¿no te parece que ese oso polar quiere comerme?
La diosa del amor yacía desnuda entre sábanas y toallas blancas. Busiraco prendió un cigarrillo, agarró la primera toalla que encontró, limpió toscamente su formidable pene y se puso de pie de un salto. Cara a cara con el oso polar, le embutió la toalla en las fauces y luego lo amordazó.
—Ahora no podrás comerte a nadie, oso marica.
—¿Por qué sos así Busi?
—¿Cómo así? ¿No soy pues Busiraco? Además —dijo volviéndose hacia el oso—, esa toalla está aderezada con el auténtico jugo del amor, directo de la cuca de Venus, para que te saboreés ¿Me oíste osito homosexual?
—Ay Busi, cómo hablás de feo. Vení aquí y me das unas nalgaditas ¿sí?
—Ya voy mami, pero pidamos algo de comer ¿Bueno mamasita?
—¿Ya estás cansado?¿No dizque te decían el Siete-polvos-sin-sacarlo? Este diablo sí está como medio chimbo.
—Chimbo este —Comenzó a lanzar latigazos de pene a la topa tolondra con tal violencia que Venus tuvo que enroscarse y cubrirse la cabeza con sus muñones—. Hablando de platanazos —continuó Busiraco recobrando el aliento—, ¿no te provoca una tostadita de plátano con ogao?
—Rico plátano, pero pidamos unas tajadas de maduro más bien.
Busiraco puso sus ojos de loco, agarró sus cosas y salió viringo, azotando la puerta. El silencio y el frío regresaron a la cueva. El oso aprovechó para desenroscar la toalla de su hocico y el pingüino, que había estado observando todo sin parpadear, se tragó el pez que tenía en el pico. Ambos se acercaron a Venus.
—¿Qué le habrá pasado a Busi? Yo esperaba otro par de faenas más —dijo el pingüino, y enseguida se le encendieron los ojos—: con ese descorchador que tiene, yo no necesitaría más pescado en un mes.
—¡Pero qué enfermo! No sé cómo te lo aguantás Oso.
—¿Qué te digo? Sabe tragarse el pescado de un bocado —contestó el oso polar y le guiñó el ojo al pingüino.
—¡Qué par de degenerados!
—Degenerada vos que te culeás al diablo.
Venus ignoró el comentario y levantó el auricular del teléfono rojo de pared. Del otro lado se escuchó un estridente: «Kismi. Recepción. ¿Qué se le ofrece?»
—Una porción de tajadas maduras y tres cervezas para la suite polar junior—ordenó la diosa.
—Doña Venus, pero a Busiraco no le gusta el plátano maduro, y usted sabe… —se atrevió a objetar la recepcionista.
—Busiraco ya se fue Claudina. Busiraco ya se fue.