Supe que era ella.
Jesús Gallardo Sanz | Buscatemplanza

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La vi aparecer, abriéndose camino entre la multitud a paso decidido, bajando por la Cuesta de Carretas, en dirección a la Puerta del Sol, lugar en el que nos habíamos citado.

Desde mi posición examiné cada uno de sus gestos, cada uno de sus rasgos. Cada cual más cautivador.

Nunca había visto a una mujer así.

Quedé fascinado desde el primer momento.

Supe que era ella.

Semblante serio, nadie confía en encontrar al amor en una primera cita hoy en día, tal y como están las cosas, es más sencillo encontrar a la rana que al príncipe.

Se aproximaba, salí a su encuentro.

Ella sabía que yo llevaría una camisa abierta.

Tiempo después sabría que su seriedad se debía a que se pensaba que iba a portar una camisa desabrochada luciendo un trabajado torso, en un desfasado estilo.

Todo lo que estaba a la vista era una camiseta blanca.

Acelerado el pulso, buscaba el contacto visual mientras me aproximaba, ella barría el lugar con la mirada, en busca del peculiar tipo de la camisa desabrochada.

Al fin nuestras miradas se cruzaron, y puedo afirmar que fue alivio lo que noté en su rictus al ver que yo era una persona normal.

Y supe que era ella.

Charla intrascendental, presentaciones varias. Mientras paseábamos por el empedrado de Madrid nos poníamos al día. Nos conocíamos.

Entramos en un garito, para mojarnos los labios con una cerveza que no ayudara a romper el hielo.

Tratamos todo lo ocurrido con naturalidad, como si nos conociéramos de toda la vida.

Y esa era la sensación que tuve durante toda la noche.

Por eso supe que era ella.

La mujer que había esperado toda mi vida.

Esa sensación de que conoces a una persona desde que naciste, cuando nunca antes la habías visto.

Más animados y con la confianza asomando a la superficie, entramos a un lugar muy especial para cenar.

Y se convirtió en un lugar muy especial por lo que sucedió a continuación.

Nos sentamos en una mesa, cara a cara, frente a frente, separados por la distancia insalvable de medio metro de madera de roble.

Un suceso fortuito nos hizo cambiar de mesa, colocándonos en ángulo recto.

Más indirectas las miradas, más cercana la presencia.

Unas croquetas, un tartar de salmón, una buena cerveza de barril bien fría que refrescó mi gaznate y una copa de buen vino para ella.

Compartimos miradas furtivas, charla cómplice.

Se animaba la conversación, nos gustamos, nos caímos bien, parecimos encontrar el uno en el otro algo buscado. Anhelado. Poderoso.

Terminaba nuestro deleite gastronómico, e intuí que se acercaba la hora de la verdad.

La nueva posición en la mesa lo facilitaba todo.

Nina Simone comenzó a desgranar los primeros acordes de I´m feeling good. Se creó un clima mágico.

Nos callamos, escuchando la música, mirándonos a los ojos. Noté su respiración acelerada.

Ella parecía intuir lo que ocurriría a continuación.

Mi corazón latía con fuerza suficiente como para salirse del pecho.

Me lancé.

Fui a besarla.

Ella se apartó y me miró extrañada.

Creí que había malinterpretado las señales.

De repente, dibuja una malévola sonrisa, y se me acerca.

Nos besamos. de forma mágica.

I´m feeling good.

Y supe que era ella.

Por siempre ella.