84. SUPERENTRECOTE
Jordi Juncà | Woodstone

José hace zapping. Busca algo que pueda acompañarlo durante la cena. La tele por cable tiene sus ventajas pero a veces se convierte más bien en una maldición, murmura, mientras se suceden en la pantalla imágenes como las siguientes: partidos de fútbol de equipos que ni siquiera reconoce, tertulias de personajes cuyas vidas parecen depender de esa discusión, reportajes de investigación que no llegan nunca al fondo del asunto. Pero entonces aterriza en un documental que habla de algo que está ocurriendo en China. A José le gusta viajar (o eso dice, porque lo cierto es que nadie recuerda la última vez que se fue de viaje a un lugar más o menos lejano), por lo que le parece buena idea lo de quedarse aquí, en China, o en este documental que habla de China.
Aparecen los siguientes fotogramas: un mercado de verduras, montañas nevadas, un oso panda; hasta que todo se difumina y, cuando vuelve la nitidez, se forma en la pantalla el rostro pálido de un hombre blanco. La cámara se aleja y vemos al mismo hombre blanco caminando despreocupadamente por una callejuela atestada de gente, frente a una estructura gigantesca que por momentos parece un paisaje de Blade Runner.
— Bienvenidos al festival de Yulin — dice.
Pueden oírse perros ladrando y pájaros que cantan. Pueden verse los pájaros revoloteando alrededor de la estructura, pero, ¿Y los perros?
La cámara sigue al hombre blanco que decide por fin entrar en el recinto. Y lo primero que se ve cuando entra en el recinto es una ciudad hecha de jaulas. Se amontonan las unas encima de las otras formando edificios y callejuelas estrechas. Jaulas, jaulas, jaulas y más jaulas. Los perros siguen ladrando pero a los perros José no puede verlos. Solo puede ver unas manchas marrones y negras, atrapadas en el interior de las jaulas. Pero entonces la cámara amplía la imagen y se da cuenta de que las manchas marrones y negras eran precisamente los perros. Algunos de ellos ladran como si les fuera la vida en ello, tal vez porque realmente les va la vida en ello.
— ¿Pero qué mierda? — murmura José.
Aparece en pantalla una mesa sobre la cual hay un perro que yace muerto. De repente, aparece un tipo con un cuchillo enorme en la mano y empieza a despellejarlo. A ese primer hombre se le unen otros que cortan las partes ya despellejadas.
— ¿De verdad van a comerse eso? — dice José — ¿Pero es que se han vuelto locos?
Incapaz de contener la rabia, golpea la mesa con ambas manos, con tan mala suerte que le da también al plato. Por suerte José, en un alarde de reflejos ciertamente admirables, consigue coger el entrecote al vuelo, antes de que impacte contra el suelo. Y es una verdadera suerte. Porque todo el mundo sabe que el entrecote que se acababa de cocinar ya nunca habría sido lo mismo de haber entrado en contacto con la alfombra.