627. SUPERMAN
José Miguel Cortijo Simarro | SAN SALVADOR

Yo no sabía que aquí, en Cádiz, el viento de Levante es como los pueblos blancos, como el pescaíto frito, como las playas kilométricas: forma parte de su paisaje y tiene entidad propia. No se trata de un fenómeno atmosférico que te obliga a cerrar la ventana o te soluciona la conversación de ascensor. Es mucho más. Son días a tachar en el calendario, durante los cuales la gente posterga sus citas, condiciona sus planes, para cuando se vaya el Levante.
Esa mañana los enebros, a través de los cuales se abre paso la senda playera, estaban despeinados. Sin hacer caso a las señales, decidimos avanzar por la pasarela de madera ataviados con mochilas, toallas y agua fresca hasta que la arena se volvió contra nosotros. Primero, como pequeños picotazos en las corvas; pero luego, con cada batida del aire, se podía distinguir la estela de granos de arena transportados sin cesar por el viento. Te avisan de que hoy no es día de sombrillas, ni de helados a la orilla del mar, ni de chiringuitos donde esconder los pies. Al ser conscientes de la situación y de nuestra ignorancia al mismo tiempo, acordamos dar una vuelta por el mercadillo del paseo marítimo con el fin de aprovechar la mañana y hacer las inevitables compras de pulseras, sombreros, colgantes e incluso de un platillo con decoración artesanal y función de rayador incorporada, ideal para el tomate de las tostadas o para el parmesano de la pasta.
Cerca del mediodía, mientras pensaba en la cerveza con olivas del bar de la esquina, pude comprobar la importancia del Levante:
– Papá, ¡cómprame el Supermaaaannn!
– Te he dicho que no. A papá ya se le ha acabado el dinerito.
– ¡Noooo, cómprame el Superman!
– Ya está bien, Alejandro. No hay muñeco que valga que tienes muchos. Te subes a las camas de Superman y luego a comer.
Las camas de Superman eran una suerte de camas elásticas con un tirador en la espalda del usuario que te proyectan en el aire a modo de vuelo supersónico. Formaban parte de una atracción infantil con vocación ochentera instalada junto al acceso principal de la playa. A pesar de su aspecto deteriorado, Superman seguía saludando imperturbable desde su atalaya en lo más alto de la atracción.
Cuando la rabieta del niño se acrecentó y el padre comenzaba a buscar a su esposa con cierta urgencia, una ráfaga de viento levantino hizo tambalearse al mismísimo Superman hasta el punto de inclinarse sobre la base de la plataforma. El peso del superhéroe y los años de salitre y sol acumulados hicieron el resto. Se precipitó al vacío con estruendo metálico justo en frente de nosotros, del padre sudoroso y del niño que no podía abrir más los ojos.
– Papá, ¿Qué le ha pasado a Superman?
– Nada, hijo. Superman está bien. ¿Quieres que te compre el muñeco que te gustaba y nos vamos a comer?
– No. ¡Quiero a mamá y la quiero ya!