1530. SUPERPODERES DEL MÁS ALLÁ
Lizbeth Luna Victoria Vargas | Madrigal

“¡El pajarito! Lo oigo llorar. No te olvides de ponerle su agua”, me decía mi yaya. Ella tenía un pajarito que había muerto varios meses atrás cuando mi hermana de 5 años lo quiso bañar en el fregadero. No se lo habíamos dicho para evitarle la pena y como ya no oía ni veía bien con sus 99 años, tampoco se enteró que en la jaula habíamos puesto un monigote. La yaya falleció en su habitación rodeada de su familia. Ese día, yo lloré a su lado mientras le contaba lo feliz que estaba su pajarito tras haberle cambiado el agua.

Por el peso de sostener tamaña mentira hasta su último suspiro, llevé al velatorio el pocillo del pajarito lleno de agua y se lo coloqué debajo del ataúd. “Para tu lorito yaya. Ya no va a llorar”, le dije. Cuando se llevaron el féretro al entierro, salí casi última porque tenía que recoger algunas cosas. Entonces vi que mi tío se acercó a recoger el pocillo de agua. Lo sujetó, lo olió y lo levantó sobre su cabeza con las dos manos estiradas. Luego se arrodilló y se lo comenzó a beber.

– ¡Tío! ¿Qué haces?
– Esta agua es bendita.
– No, ¡esa es el agua del pajarito!
– La paloma del espíritu santo querrás decir que ha posado su maravillosa gloria sobre este elemento santo -y volvió a dar otro sorbo. -Siento como la energía recorre mi cuerpo. Ven. Comparte el agua con el alma de la yaya y acércate al más allá.
– Tío, yo no me quiero ir al más allá -le respondí y entonces abrió grandes sus ojos y me miró muy serio, como jugándome.
– En cada velorio, se deja agua cerca del finadito. Esta agua es para cuando su alma se levante y tenga sed. El cura la bendice y el alma se queda en ella descansando antes de pasar al más allá. Rechazar el agua sagrada es rechazar el alma de la yaya y la oportunidad de que se quede contigo.

Recordé que mi yaya efectivamente tenía una botella de agua bendita en un altar junto con las fotos de todos los finados de la familia y, tras rezarles, tomaba un sorbo de ella. Entonces tomé el pocillito, lo olí y me lo acerqué. Imaginé tantas veces al difunto pajarito sumergiendo su cabeza para tomar agua de ahí, bañándose ahí mismo sin imaginar la tragedia que luego le causaría una niña de 5 años en el fregadero. Cerré los ojos pensado que se trataba de un acto de honra y bebí del pocillo del pajarito. Sentí la energía de mi yaya recorrerme todo el cuerpo. Ya en casa, noté que mi mamá ponía una nueva botella de agua en el altar de nuestros muertos.
– ¿Qué es esto?
– El agua que bendijo el padre para el alma de la yaya.
– ¿No estaba en el pocillo?
– No. La tuve siempre en esta botella conmigo.

No le conté nada a mi mamá de mi experiencia con el tío, pero juro que esa noche escuché al pajarito llorar mientras dormía.