1461. SUPLICIO MATINAL
Laura Soto Díaz | Angustias Fernández

Todos los días empezaban igual: con las palomas. Las muy dichosas me despertaban cada mañana para repetir el ritual. Una paloma macho hacía sus asquerosos graznidos de apareamiento. Repetidamente y en un in crescendo. Me levantaba de un brinco, movilizada por la rabia. Les chillaba. Abría la ventana y, acompasada de un movimiento de espantapájaros con los brazos, les encaraba con los improperios más insospechados. De mi boca salían blasfemias, el nombre de Dios y de la Virgen en vano. Les increpaba con preguntas al aire “¡¿qué no habrán más ventanas?!”. En un tiempo de delirio tuve el convencimiento de que las palomas tenían un complot expreso contra mi. Una orden que se iba pasando entre generaciones (porque yo no soy tan vieja pero la esperanza de vida de esos animales es nimia): joderme por el puro divertimiento de verme en pie, todas las mañanas, maldiciendo. Cada vez venían más y me tenían menos miedo. Tenía que asomar el torso entero para asustarlas y a veces hasta echarles agua porque mi presencia furiosa no bastaba. Empecé a trabajar desde casa y la cosa empeoró: las escuchaba cada tanto y no podía soportarlo. Del espacio de las mañanas pasaron a estar presentes también en cualquier momento diurno: por la noche, estuvieran o no, no se las escuchaba. Mis amigos se reían de mis historias con las palomas y tuve que sufrirlo en silencio. No podía dejar que las palomas además de estropearme la paz del hogar me quitaran a mis amigos. Como se hace en estos casos, busqué ayuda en internet: encontré foros y un montón de información y apoyo para hacer frente a esos seres. Opté por lo más económico: limpiarlo todo con lejía y colgar cedés. Funcionó. Pero aquella ilusión no duró mucho. Una semana, a lo sumo, hasta que los graznidos y las heces volvieron. Negada a resignarme, volví a dar brillo al alféizar. El éxito fue aún menor: dos días de paz antes de la vuelta al infierno. Derrotada, empecé a dejar que acudieran a su antojo a mi querida ventana. Pero la rabia es un sentimiento muy fuerte y pronto entré en el bucle de improperios matinales como mujer-espantapájaros. Pero le estaba chillando a la nada. Simplemente, ya no estaban más que en mi cabeza. El alféizar desnudo se reía de mí. Me fallaba el despertador y las dichosas palomas no estaban ahí. Hasta que apareció Puri, símbolo de la paz, impoluta, grácil. Me despertaba después de que sonara el despertador y en cuanto me levantaba arrancaba el vuelo a otra parte. Sentía armonía. Podía ser un final feliz, la conciliación de la vida humana y palomil. Sin embargo, el final fue otro: una gaviota sanguinaria atacó mortalmente a Puri y en el silencio matinal empezó a sonar la alarma de mi vecina: 10 minutos antes que la mía.