1555. SUSPENSO EN LATÍN
Sara Jiménez Serrano | Sulfur

Me gustaría comenzar este relato hablando de mi amigo Manolo. Mi amigo Manolo es el típico amigo que todos tenemos y adoramos, cuyo pasatiempo favorito era invitar a todos sus amigos a su casa, cuantos más mejor, dejándonos deleitarnos con sus exquisitas habilidades en videojuegos de un solo jugador, negándonos agua en pleno verano, prohibiéndonos que tocásemos absolutamente nada para no manchar sus preciados objetos… Una maravillosa persona. Era tan bueno y humilde que no tenia reparo alguno en dejarnos claro cuando habíamos cometido un error, echando a la gente de su casa e incluso a veces, si se sentía inspirado, sacaba su fusta (si, exacto, tenía una fusta) y nos expiaba de nuestros pecados.
Un día decidí que debía vengarme y puse en práctica mi malévolo plan. Consistía en hacerlo venir a mi casa una noche y ponernos la mítica película “El Exorcista” para meternos en situación. La idea era acojonarlo hasta límites insospechados para que, más adelante, pudiera invitarlo nuevamente a mi casa un día que estuviésemos completamente solos con la excusa de estudiar. Se me ocurrió la brillante idea de grabarme previamente con una antigua grabadora que tenía en mi casa. Era una de esas que tenían un soniquete anacrónico. La grabación consistía en diferentes salmos en latín leídos por mí en voz grave.
Finalmente, ese día fatídico llegó y yo estaba preparado. Coloqué la grabadora en un patio interior de mi casa, que tenía bastante buena acústica, y la puse a máximo volumen. Dejé unos minutos de silencio en la grabación para que me diese tiempo a volver al cuarto y así cuando comenzara la grabación no sospechara que yo estaba detrás de todo. Nos dispusimos a estudiar y pasados los minutos comenzó a retumbar por toda la casa una voz de ultratumba. Manolo, con la tez pálida, se levanto bruscamente, y comenzó a gritar preguntando que estaba sucediendo. Yo luchaba internamente para que no se me viese morir de la risa. Entre lagrimas de desesperación y desconcierto, agarro la silla en la que estaba sentado, la levantó y gritó: “Me cago en todo, que voy pa’bajo y reviento lo que sea que haya ahí”. Yo, sin poder aguantar más me caí al suelo y comencé a reír sin parar al ver la angustia en sus ojos. Muy serio me miró y me dijo: “¿qué has sido tú, gilipollas? A lo que mi esfínter respondió por mí dejándose llevar por la euforia del momento.
Por fin, lo conseguí, me había vengado, y me había cagado encima.