‘TAKEOFF’ (O DESPEGAR)
Pedro Angel Serrano Molina | P.HIGHLANDER

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El amargor permanece en la parte anterior de la lengua. Es una ansiedad desconocida. Me detengo frente al expositor de una máquina expendedora: No me siento preparado —confieso a las botellas, mientras mi dedo detiene su tembleque contra el botón. Un trago de agua hará que orine mejor. Me palpo de nuevo la pernera húmeda y tibia de la última visita al baño. Fueron dos gotas y luego otras dos y subir la cremallera y lamentar no haber esperado un poco, antes de ser liberado el chorrito final prisionero de los nervios.

He estado en aeropuertos. Tengo 26 años. Pero hoy los detalles son meteoritos que socavan cada paso. El suelo devuelve mi reflejo, como una sombra que se hunde bajo mis pies junto a la trolley que llevo. Levanto la mirada y todos proyectan la misma simetría vertical contra la superficie. Un niño ríe perseguido por su padre; un ejecutivo discute entre aspavientos a alguien invisible; aventureros con mochila; tres monjas tras un plano de Roma; un equipo de futbol,…

Estiro con mis dedos la tela del pantalón. Los llevo a mi nariz. ¡buaj! Debería regresar. No a casa, no. Aunque,… No. A las tiendas de la entrada, que parecían hoy tenderetes de manteros sofisticados, en busca de algún perfume. Pero es tarde —me digo y elevo la mirada al panel—. Puertas 90 a 130. Con la caminata desaparecerá el olor —concluyo.

Prefiero no tomar las cintas propias de un almacén de paquetería y caminar cerca de las concentraciones de sillas engarzadas. Me llegan como una suerte de colmenas con sus abejas agrupadas, unidas por el destino (literalmente). Alguna levanta sus antenas para seguir tras las cristaleras, a esos fuselajes pesados y taladrados con decenas de ventanillas que vencen a la gravedad con ingenio. Decenas de vidas a merced de la pericia de sólo dos personas. Ahí va otro. Cómo pica hacia arriba con el empuje de las aspiradoras más potentes jamás fabricadas. El tren se recoge en su panza y Newton saluda desde tierra. Paso junto a otra colmena, y otra y otra más donde sus ocupantes se han transformado ahora en hormigas que hacen una fila. Nos les ha dado tiempo a socializar entre ellos, eso precisaría de una indignación compartida. Tal vez un retraso prolongado y así conocerían hasta sus nombres. Necesito llegar a mi panal. Me palpo la pernera y la tela ya ondula libre e inolora. Se suceden los números, 100, 101,102… ¡al fondo la veo!. Ralentizo el paso. Me vuelco en la boca el resto de agua. Todos me observan. Flojeo. Las abejas de mi colmena alzan su vuelo para transformarse en hormigas. Me detengo. Me observa la operaria que da acceso. Doy la vuelta pero me alcanza y me invita a pasar el primero.

El asiendo de al lado aún está vacío. Miro la pista. Escucho mi nombre a la espalda y después una pregunta:

—¿No huele raro aquí?

Toma asiento y pulsa botones mientras yo me palpo la entrepierna.