57. TALENTO PURO
René Pérez Pérez | René Pérez Pérez

Sebastián colgó el volante de su cuatro ejes el mismo día que Maradona hizo lo propio con sus botas, pero con una sustancial diferencia de dinero. Lo hizo obligado por las plegarias de su jefe, que lo mandó con viento fresco, pero con mucho cariño. Apego que no devolvió Sebastián de la misma manera, tal vez por una diferencia de concepto que lo llevó a colgar el volante, pero físicamente, de la corbata del empresario.
De modo que se encontró solo, con cincuenta años, tres hernias, una tortuga y un montón de tiempo. Sin embargo, Sebastián tenía un peculiar sueño y una extraña pretensión para el resto de los días en que pisara este fango llamado Tierra: ¡quería ser rico sin dar un palo al agua! Si acaso al vino, tampoco era cuestión de hacer ascos… Pensó en dedicarse al fitness y hacer publicaciones en Tik Tok, pero intentó medirse el diámetro de su barriga y no pudo porque no le daba con el metro de coser. Escuchó que un tipo en EEUU había vendido por EBay un nugget de pollo con forma de personaje de Among Us por cien mil dólares, y se dijo que él podía ser el próximo ocupante de un chalet en Andorra.
Así que, tras muchos años, sesudas conversaciones con la almohada, con la que solía tener algo más, y largas horas de televisión basura, dio con la clave de su éxito. Se presentaría a un talent show, que queda mucho más guay decirlo en inglés (porque intentar expresarlo en castellano seguro que me lleva a incumplir las bases de este concurso, y no es mi intención). Con esta empresa por delante, enseguida entendió cuál sería su destreza con la que presentarse al concurso. Fue de manera casual, como se desvelan las grandes hazañas de la historia de la humanidad. Exhalando un sonoro y melodioso eructo, comprendió que mostraría la habilidad de cantar como un castrato el aria “Sol da te mio dolce amore” de la ópera “Orlando Furioso” de Vivaldi. Se compró un vestido de época dorado, con puntillas en los puños, con el que estaba monísimo, y se pasó la semana anterior comiendo claras de huevo para aclarar su voz, tan grave como el impuesto de sucesiones.
El día llegó y Sebastián se plantó con casaca y peluca blanca ante más de un millón de espectadores y el jurado compuesto por una chica que estaba muy buena, un borde espatarrado en la silla y… otro más. Agarró el micro y…

… ¿¡Y qué!? Psss, pss, vale ya, ¿no? Joder, el año pasado me degollaste con un cuchillo jamonero, el anterior me dejaste ingresado en un manicomio y, ¿este qué? Vale que no vas a llegar a ser Paul Auster, pero oye, podías ganarte la vidilla de escritor de tres al cuarto dando caña a otro personaje, ¿no te parece? Este año ponme en un relato donde termine en el Caribe, rodeado de langostas de patas largas y también algo de comida…