904. TALISMANES
Pablo Rivas Pérez | Parker

Los veranos de la preadolescencia eran eternos, susceptibles de estirarse como esos chicles que nos gustaba mascar al anochecer, sentados en los bancos del pueblo. Practicábamos una rutina de jubilados, solo que antes de los catorce años: mi abuela dice siempre que los extremos se tocan. Aunque también había días en que la charla insustancial, tejida en torno a las mismas anécdotas, se desvanecía en el silencio. Solía coincidir cuando Elena y sus amigas atravesaban el paseo, pero aquello, evidentemente, ninguno iba a reconocerlo.

En el patio de la casa familiar había una canasta bajo la que me pasaba las horas muertas cuando no andaba zascandileando con mis amigos. Mi afán desmedido por encestar no venía motivado por ambiciones o fantasías deportivas; desde pequeño sentía, como Cioran, una profunda aversión por la cara de los triunfadores en cualquier ámbito: todos tenían madera de enemigo. Mis continuos ensayos en el tiro libre derivaban de la absurda condición de augur que atribuía a la red y al aro. Si me embargaban las dudas acerca de si me saldría bien algo, bastaba con preguntarle a la canasta. Si tenía a bien engullir la pelota, no habría fuerza en la tierra capaz de impedir mi objetivo; por el contrario, si expelía el balón, el fracaso estaba asegurado. Exámenes, viajes, regalos, permisos y todo tipo de azares confirmaban aquel encantamiento. He de reconocer que, con trece años, las leyes que rigen el mundo son un poco distintas.

Una noche de agosto nuestro banco volvió a permanecer en silencio ante la fugaz procesión femenina. Mis compañeros adoptaron sus consabidas poses de indiferencia: manos en los bolsillos y miradas huidizas. Pero, en aquella ocasión, yo me atreví a buscar los ojos de Elena. Nunca había podido contemplarlos directamente, medio ocultos como estaban por el flequillo castaño. Eran verdes como las higueras, y se clavaron en mí un instante más de lo esperado. Cuando se marcharon, me levanté como un resorte, y, sin mediar explicación, corrí hacia mi patio buscando la pelota.

Apenas se veía a la luz de la macilenta bombilla. Clavé las zapatillas a la distancia reglamentaria, y boté para sacudirme la tensión y los nervios. De todas las preguntas que había formulado, ninguna alcanzaba un ápice de la importancia de esa. Resoplé, alcé los brazos ejecutando mi elegante mecánica y lancé. El balón recorrió toda la circunferencia del aro, golpeándolo hasta en cuatro ocasiones. Luego, cayó fuera.

Me quedé petrificado unos segundos que duraron siglos. Mi amuleto había dictado sentencia, inequívocamente inapelable. Toda una niñez de simpáticos sortilegios cayó sobre mí como una losa. Abatido, salí de la casa arrastrando los pies, deambulando por las calles del pueblo, sin rumbo. Entonces reconocí la figura de Elena, que regresaba a casa tras el paseo con sus amigas. Me sorprendió oír mi voz llamándola, pero aún más su sonrisa cuando se volvió.

Fue el último verano de mi infancia. A veces echo de menos mi talismán. Cuando veo a Elena en el sofá, se me pasa.