1365. TALLER DE CINE: EL STAND UP
Joaquín Pereira | Kinjote

¿Qué le queda a un director serio que vive en un país bajo dictadura, para poder comer?: dar clases de cine creativo. Heme aquí.
Uno pensaría que grabar a políticos corruptos hablando de socialismo o de beisbolistas que quieren grabar un disco de reggaetón era la quinta paila del infierno y descubres que existe un círculo más profundo y escalofriante. Les hablo de la corrección de cientos de guiones de aspirantes a Orson Welles que no dan pie con bola intentando escribir un diálogo coherente.
La única forma de soportarlo es gracias a estratégicas dosis bebidas espirituosas. Si no caemos en el alcoholismo después de limpiar los textos de chorradas, lugares comunes y cursilerías, podremos seguir creyendo que hacer cine puede aprenderse.
Y si el alcohol no nos mata podríamos sufrir una parálisis facial al escuchar a uno de los talleristas defender su poca afición a las películas en blanco y negro como si fuera la preservación de su virginidad. Creen que dirigir se aprende por generación espontanea: ve a un taller de cine y por ósmosis entrará en tu cerebro las reglas del encuadre, la correcta disposición de los actores y el buen gusto.
Si el tallerista no logra crear una escena medianamente decente puede apelar al principal antídoto que salvará su ego de naufragar en la frustración eterna: la crítica. El nivel de producción cinematográfica parece inversamente proporcional a la agudeza para destruir a quienes sí crean.
Pero si ya no puede escabullirse tras su cháchara de juez supremo de la defensa del reinado de los directores malditos, y tiene que entregar una pauta ante la clase puede realizar una invocación espiritista y hacer que el alma de William Heise lo posea.
Y para compensar la falta de sorpresa en las tramas de sus guiones los talleristas te sorprenderán con cosas como ésta: ¿Cómo puedo hacer para registrar mis creaciones para que no me los plagien? Y por dentro te dices: “Niño, si alguien te plagia deberías agradecerle al cielo porque en tu posición actual lo que debe preocuparte es que nadie te conozca”.
Pero ser profesor de cine creativo tiene sus pequeñas alegrías, como cuando un estudiante con tendencia depresiva te dice que gracias a tu taller no ha intentado suicidarse como antes, o como cuando un joven se confiesa homosexual en medio de una clase.
Puede ser que no logres que tus talleristas mejoren su creatividad; que estos sigan destruyendo a Almodovar sin poder acercarse lejanamente a alguno de sus guiones y ni hablar a su número de espectadores.
Por lo menos te queda una compensación: el sexo post taller. Pasado unas semanas luego de terminar el curso te sorprenderá recibir un mensaje de texto de uno de tus talleristas invitándote a ese tradicional café –si es en La Mucca mejor- que antecede a un buen revolcón. Sí, no serás feliz ni te sentirás realizado, pero te divertirás con tus excitados pupilos –ojo, mayores de edad.