TAN CERCA, TAN LEJOS
Genelva Vargas Miranda | Carmen Vargas

Votar

Manuela se mira en el espejo. Junto a su reflejo imagina el de Mario. Siempre le duele la tripa cuando piensa en él, siente lo mismo que aquella primera vez que se vieron por el pasillo, o todas aquellas en las que se encontraron por casualidad, donde los decibelios del exterior bajaban y se quedaba sola con ese zumbido que salía de su cabeza, ese “pi” que hacía que no tuviera los pies sobre la tierra. Recuerda el día que cruzaron sus miradas, cuando descubrieron sus nombres y dejaron de ser desconocidos, y cómo salía a buscarlo por las calles con cualquier excusa, esperando encontrarlo, creyendo así en la suerte. Sonríe mientras se peina el pelo y trae a su mente las primeras palabras compartidas, la mirada de Mario, su sonrisa, incluso podía imaginar su voz cuando le preguntó si estaba disponible aquel jueves por la tarde que marcaría para siempre en su calendario. El primer café, sus manos, la falta de palabras, las ganas de hablar de todo. Miraba su boca con vergüenza, se fijaba en el temblor de sus labios e imaginaba cómo sería besarlo. Si pensaba en esto, muchas culebrillas se arremolinaban en su estómago una y otra vez queriendo salir fuera. La risa de Mario era contagiosa, y también su calma, ese vivir tranquilo que hacía que todos sus miedos desaparecieran. Mientras se maquilla, sus recuerdos se llenan de miradas cómplices, de excusas para volver a verse, de mensajes escritos de madrugada. Instantes fugaces llenos de palabras que dejan poco a poco paso a las caricias que le erizaban el alma, a los dedos que tocaban su piel. Así fue como Mario se fue colando en sus noches, en sus sueños, en su imaginación, en su olfato.

El zumbido de sus oídos acabó de golpe cuando Manuela salió de casa para coger un taxi, quería llegar puntual, a la hora prevista. Se encontró a Mario en el jardín, sentado con las manos sobre las piernas y los ojos perdidos mirando su plato. Lo observó desde la distancia, para no interrumpir sus ensoñaciones, y pensó que por un momento, esa mañana en el baño, había olvidado que él ya no la esperaba. No podía explicar cómo empezó a distanciarse, solo que había sido de forma sutil, como se alejan aquellos que no quieren hacer daño. Tenía grabado a fuego la última vez que la miró con cariño, llevaba su abrigo, le sentaba bien, olía a jabón, pero sobre todo recordaba sus ojos, cómo la miraba, y lo feliz que se sentía.

Manuela acudía a la residencia todos los días desde hacía un año, se sentaba a su lado y con delicadeza sujetaba sus manos, esas que tanto extrañaba, esas que antes se escondían buscando su piel. Ahora, 45 años después, revivía su primera cita una y otra vez, como cuando eran jóvenes, y aunque los ojos de Mario ya no la miraban igual, sí que sentía que el amor lo seguía impregnando todo.