685. TANTRA Y SIMPATÍA
Silvia Marín Navarro | Alice M. Bloom

Últimamente y gracias a mi curiosidad, me ha dado por ponerme a estudiar sexo tántrico. Si hombre, ese del sí, pero no. El que se parece a Ikea: entras, entras… pero no sales. La teoría es importante antes de pasar a la práctica. Así que, por supuesto, me he comprado un libro. Nada de informarme por internet, que esto tiene pinta de difícil.
Reconozco que hay cosas raras. Lo del Yoni me suena más a un tipo ochentero que se va de fiesta con el Chuli, el cabra y el Pai, que a un genital. Pero bueno, yo que sabré. De lo de que según su tamaño puede ser ciervo, yegua o elefante, sinceramente prefiero no comprobarlo. En serio: ¿Cómo demonios voy a medirla?
Seguiré leyendo.
Es a la mitad del libro donde encuentro el quid de la cuestión, lo que me hace replantearme toda mi vida sexual hasta el momento. Lo sé en el momento que veo la frase escrita: Inspire, visualice su vagina y sonríale.
Mierda.
Muy conocida entre mis amigas y amigos, es mi llamada, con bastante mala leche por cierto, simpatía contenida. Mira, en eso ya soy tántrica: soy simpática, pero para dentro.
¿Debería empezar a ser simpática precisamente con mi órgano sexual? Bueno, todo sea por el conocimiento.
Pero no es tan fácil: inspiro profundamente, cierro los ojos, y me da la risa tonta. Además, si he de ser sincera, tampoco es que tenga mucha idea de visualizar una vagina. Pero no me rindo. Creo que más o menos la tengo, y lo primero que pienso es que mi vagina necesita un repaso. Coño, ¿me lo parece a mi o la susodicha acaba de ponerme mala cara? ¿Es eso posible? He debido de ofenderla. Ha sido algo así como meterme con su jardín delantero.
Bueno, iré al grano y lo arreglaré con una gran sonrisa.
Conste que lo intento, pero no me sale. Ella se da cuenta. Tengo una mueca extraña, entre la sonrisa y el estreñimiento. Es forzada y lo sabe. Y por supuesto no me la devuelve. Diría que está enfadada.
Así que en cuanto suena la alarma que me avisa que tengo que salir, ahí la dejo plantada.
El viaje en metro ha sido una pesadilla. Yo no veía a mujeres sonriendo por un buen libro, o porque por fin es viernes y está el fin de semana por delante. Yo solo veía vaginas sonrientes, carcajeándose incluso.
Cuando llego a donde he quedado, estoy jadeando por lo que a mi me ha parecido una escena de David Lynch terrorífica. Y cuando Laura me pregunta que me pasa, lo suelto de sopetón: a mi vagina no le caigo bien. Y tan seria que lo digo oye.
Empieza a ponerse roja, tanto que llega a preocuparme. Y de repente llega: La gran carcajada. Y claro, estoy segura de que no se ríe de mí. La suya también debe de ser simpática.
A la mierda el sexo tántrico. Y tú este mes te quedas sin arreglar, por cabrona.