983. TARDE DE BICI
Silvia Benedito Carrasco | Siloki

Hola, señora, ¿le importa si me siento a su lado? Es que urgencias está llena y mejor si me acomodo que parece que va para largo. No se preocupe, no la voy a manchar que solo es sangre y arena. Pero poco para lo que ha podido ser. Mire, se lo voy a contar que tiene usted cara de persona simpática. Resulta que decidí ir con una amiga (Bea, se llama) a dar una vuelta en bici. La idea era acercarnos hasta el paseo de la playa, rodar hacia el norte y merendar allí. Luego volveríamos por carreteras secundarias a casa. Nada, unos quince o veinte kilómetros, que no solemos hacer rutas en bici.
Para empezar, la mía es prestada, de una persona mucho más alta que yo, con lo que para detenerme tengo que inclinarme mucho. Es de cros, con el manillar y las ruedas anchas. La bici de mi compañera es de marchas, con manillar pequeño y compacto. Ya sé que no le interesa esto señora, pero déjeme, ya voy al grano. Total, hemos llegado a merendar sin más problemas que dolor de trasero por la falta de práctica.
El camino que teníamos que seguir para volver discurre entre terrenos agrícolas, campos, huertas, acequias de riego y cobertizos. Sinuosa, sin arcén, rústica. Ahí ha empezado todo. La cadena de la bici de Bea no hacía más que salirse y ¡hala! Parón y arreglo. Unos metros después, vuelta a empezar. Cada vez que nos deteníamos yo necesitaba un metro y medio de espacio lateral para apoyarme o algo a lo que agarrarme para no bajar los pies. Hasta que hemos llegado a una curva más cerrada junto a una acequia. Cadena fuera, parada… he intentado apoyarme en una baliza que creía de metal. Ha resultado ser de plástico y se ha doblado. ¡No se ría! Al poner el pie en el suelo había poca distancia y pisando el borde de la acequia ¡zas! he acabado cayendo dentro de espaldas, golpeándome la cabeza con el borde contrario y tirándome encima la pesada bici de cros. Por suerte, no había agua, solo arena muy mojada, aunque me he ganado un gran chichón, cortes y golpes varios. Ya ve, señora, qué suerte la mía, sí.
Hemos seguido camino y al entrar en la ciudad la pequeña bici de Bea se ha puesto a la altura de un coche parado en un semáforo y yo la he seguido… así que mi gran manillar ha hecho que el canto de mi mano sacara de cuajo el retrovisor del coche. Como ve, llevo un corte de diez centímetros que me tienen que coser. El conductor ha sido buena gente y ha pasado del tema.
Lo peor es que mi amiga me ha acompañado a urgencias y ha tenido que pasar primero porque estaba dándole un síncope de tanto reírse. ¡Señora, no se ría así!

No vuelvo a coger la bici.

(Basado en hechos reales)