TARDE DE VERANO
CRISTINA DÍAZ CARDONA | CRIS_BALEAR

Votar

¡Ahí estaba yo! Después de dejar en el aeropuerto a mi amiga Sandra, me senté en el sofá y me hice un perfil de Tinder. Me lo había estado vendiendo tan bien que empecé a pensar que llevaba razón.

Me había mudado hacía cinco meses a Mallorca y no conocía a mucha gente. La aplicación me daría la oportunidad de sociabilizar y, puestos a soñar, incluso, la opción de conocer a un chico con el que compartir la vida en la isla. Yo, tan “Disney” como siempre.

Mientras pasaba las fotos de los posibles candidatos, mi cabeza no paraba de martillearme con dos pensamientos. Uno, sobre lo difícil que era elegir a alguien sólo por unas fotos . Y el segundo, era una voz que provenía de mi parte más castradora y saboteadora, que se preguntaba cómo yo podía haber llegado hasta ahí, a una aplicación de ligar.

Decidí silenciar de mi mente todo aquello y ver si hacía “match” con alguien. Y, efectivamente ocurrió.

Aunque pasó con varios, poco a poco fui centrándome en un chico que me pareció de lo más normal y agradable. Hablamos durante un par de semanas hasta que al fin decidimos vernos.



¡Y…ahí me encontraba yo! En el puerto de Palma, una tarde de julio, viendo cómo se acercaba hacia mí un chico muy atractivo que, probablemente no habría conocido de otra manera. En ese momento solo pude pensar: «¡Bendito Tinder!»

Él, que ya me había contado era profesor de vela, me había propuesto como plan de primera cita, ir con su velerito a dar una vuelta por la bahía.

Y a una madrileña como yo, ese plan le pareció éxito asegurado. (Ahora, viéndolo con distancia, algún riesgo tenía, pero en aquel momento, ni se me pasó por la cabeza).

Así que allí estaba, navegando con mi nuevo amigo, hablando de lo humano y de lo divino. De nuestros sueños, nuestros miedos, nuestra vida sentimental pasada…

La conversación fluía con naturalidad y yo no podía estar más contenta. Me había atrevido a abrirme un perfil de citas. Había quedado con “el marinero”, estaba haciendo un plan chulísimo, y me di cuenta de que, independientemente de que esto fuera a más o no, los dos nos sentíamos cómodos. Quizá, era como mínimo, el inicio de una bonita amistad.

Cuando atracamos, nos despedimos con dos besos y con la promesa de volver a vernos.



Volví a casa llena de energía, la luz del cielo de Palma estaba más bonita que nunca, las calles olían a verano y mientras paseaba por ellas, comencé a sentir que la isla me acogía en sus brazos.

Cerré la puerta del piso y cuando me disponía a llamar a Sandra para contárselo todo, se iluminó el móvil. -Eres encantadora. Qué ganas de volver a verte-decía el mensaje de whatsapp.

Respiré profundamente. Sonreí. Sentí que me lanzaba al abismo de algo nuevo.

¡ Y qué ganas tenía de ir descubriendo a dónde me llevaba esta aventura!