1450. TATA GUAPA
PAULINO FERNANDEZ MERAYO | FINGAR

Amanece un nuevo día. Sara se despierta como cada día levantando un solo párpado y sin muchas ganas de abrir el otro porque se le pegan todos los días las sábanas. Entro en la habitación y la muevo un poquito dentro de la cama mientras le digo: ¡Sara, arriba!. Siempre la misma historia y Sara al cabo de cinco minutos haciéndose la remolona, pega un brinco de la cama y se pone en pie como la gimnasta que quiere ser de mayor.

Mi hija está a punto de entrar por la puerta, viene de trabajar toda la noche de enfermera y por el tiempo que tarda en subir desde el portal viene muy cansada. Aún no sabe que le esperan unos deberes para Sara del colegio. Llega y Sara salta sobre ella y la abraza como cada día.

Así que mi hija después de llegar de trabajar y antes de irse a dormir, con esa fuerza de pundonor y frescura, se ha puesto manos a la obra; escribir unas breves líneas para que Sara tenga algo sobre el cual argumentar cómo pasa su tiempo en nuestra compañía. Después de casi media hora escribiendo, se ha ido a dormir y releo lo que ha escrito.

“Sara, mi madre y yo formamos un trío muy bien avenido, formamos un gran equipo y tengo la suerte que vivan conmigo. Hemos pasado malos momentos, pero las tres unidas mirándonos fijamente a los ojos y sonriendo a la vida, lo estamos superando. No lo tuve fácil. En cuanto nació Sara, mi marido y padre nos abandonó y no ha querido saber nada de nosotras. Mi madre y yo tomamos las riendas de esta situación y fuimos poco a poco educándola lo mejor que supimos; a mi madre no le faltaba experiencia y Sara fue comprendiendo entre saltos, risas y canciones que hay que ser respetuosos con lo que la vida te da. En el colegio era una niña bastante callada pero su relación con los otros niños siempre fue fantástica y alegre. Al irse a dormir, mi madre le contaba un cuento y siempre acababa con un ¡tata guapa! Y mi madre la comía a besos.

Así hasta que un día, nos visitó mi tía Elvira, hermana de mi madre y cuando vio a la niña y dijo lo guapa que era, Sara respondió ¡tata guapa!; luego llegó la portera del edificio a traernos una carta y lo mismo ¡tata guapa!

La llevamos al médico y después de algunas pruebas médicas, con cinco años le diagnosticaron una sordera parcial. ¡Qué disgusto se llevó mi madre! Todo este tiempo sin darnos cuenta que Sara no escuchaba perfectamente todo lo que le habíamos dicho, con tantas aventuras y emociones. Parecía todo tan increíble”.

Sara ya tiene diez años. Se acaba de levantar y empieza a leer el escrito que le escribió mi hija anoche. Se queda en silencio, lee, asimila, sonríe y dice: ¡qué fuertes sois mamá y tú!.