TATUAJE
Víctor Martín Rodríguez | Ink Master

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Carmen, mi novia, lleva varios días muy insistente: quiere que nos hagamos un tatuaje por nuestro aniversario. «Una muestra de compromiso eterno», o así me lo intenta vender.

Odio los tatuajes, me dan pavor las agujas. Imagino la tinta encharcando mi piel… ¡envenenándola!

«¿Mejor una cena?», rebato intentando que se le pase esta fiebre tan puntual. «Nuestro primer tatuaje… ¿No sería bonito?», repite cada dos por tres, obsesionada.

Finalmente accedo: la quiero.

Lo tiene todo pensado. Un amigo suyo es tatuador, nos hace precio: 2×1. Llegamos al estudio, ella entra primero. Escucho la máquina de tatuar en la distancia, los «¡Tranquila!, no te muevas», ¡ese zumbido infernal!… Me entran los calores, cojo una revista para distraerme. Joder, ¡está llena de perforaciones, piercings y pendientes en los pezones!

—¿Qué te parece?

La miro asustado: lleva mi nombre tatuado por toda la zona clavicular. Entro en pavor… las letras serpentean sobre sus pechos envueltas en papel film. Me mira, sonríe.

—Lo quiero del mismo tamaño. ¡Aquí vamos a la par!

«¡Está loca!». Me ha traído Trankimazín: sabe que tengo pavor a las agujas. Me tomo tres: todo sea por amor.

Rica en ornamentos, Carmen en tipografía gótica viste mi pecho tras la sesión. Al ver el tatuaje empieza a reír. Risa nerviosa.

«No sé qué le ocurre. Es su nombre…».

Llegamos a casa a duras penas: el efecto del alprazolam todavía perdura. Abro la puerta. Dos amigas están esperándonos en el salón, rodeadas de maletas. «¿Han montado una pijama party y soy el último en enterarse?».

—¡Que te jodan, Gonzalo! —escucho a mis espaldas.

Nuestras amigas me miran con desprecio.

—¿Creías que podías engañarme, cabrón? Mírame, ahora te acordarás toda tu vida de quién soy yo. Me tienes grabada en tu piel…

—¿Qué? —balbuceo con saliva entre las comisuras—. Y tú a mí en la tuya…

—Ja —dice mientras se quita el plástico protector—. ¡Ja! —enfatiza mientras pasa la mano por encima de mi nombre, desdibujándolo—. ¡2×1 mis ovarios! Aquí el único que se ha tatuado has sido tú.

«¡Es falso!». Me quedo completamente petrificado. Sus amigas aprovechan para llevarse las pertenencias de mi novia. Se me enciende el interruptor: «Son sus refuerzos. Por si el efecto de las pastillas se me pasa; por si se me ocurre hacer alguna locura».

—¿Qué? ¿Por qué?

—La Pili te vio enrollándote con una en Chacotero. Así que ni te molestes… —dice mientras cierra la puerta, haciéndome una peineta con los dedos empapados en tinta.

Me siento en el sofá. El efecto de las pastillas se desvanece; mis neuronas recuperan potencia.

Me miro en el espejo. «La odio. ¿Cómo ha podido ser capaz de hacerme esto? La Pili… Puta mentirosa…».

Llaman a la puerta. Abro. Es… ¿Carmen?

¡Arranca mi film! ¿Me escupe en el pecho? Pasa la mano: el tatuaje se emborrona.

—¡Feliz aniversario! Feliz 28 de diciembre —se levanta la cazadora, un pequeño tatuaje asoma—. Este sí es de verdad.

¡Odio sus putas bromas! La odio, pero la quiero.