Tatuajes
Gema Luque Pérez | Hedoné

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Tenía la cita a primerísima hora de la mañana. Elena siempre había querido hacerse un tatuaje, pero a sus 42 años aún no se había decidido; siempre dudando con la estética; que si a color o no a color, que si la zona dolería, que si le gustaba más en acuarela pero luego pensó que ese diseño se estropearía con rapidez…… Nunca terminaba de dar el paso a pesar de que le encantaban y siempre flipaba cuando alguna de sus amigas le enseñaba la tinta recién añadida al lienzo de su piel. Pero ella y sus dudas siempre se habían quedado a la espera.



Y, sin embargo, allí estaba. Un jueves cualquiera de noviembre. La sala era de un blanco inmaculado; tanto que propiciaba una imagen tranquilizadora y de asepsia. Estaba sola. No había querido que nadie la acompañase y tampoco había nadie más esperando. Tan puntual como ella, una chica vestida de un blanco tan impoluto como la sala la llamó por su nombre y la pasó a la habitación del fondo donde le dijo que se desvistiera y se tumbara en la camilla. La observó preparar con cuidado todo el material. Sobre la mesita metálica que había a su derecha fue dejando caer en un campo quirúrgico la aguja recién abierta que marcaría su piel para siempre, la tinta de color negro, los guantes, el material para limpieza. No podía creerse que aquel sería por fin su primer tatuaje.



“Pues no era para tanto” – se dijo a sí misma al salir. Siempre pensó que un tatuaje, además de una marca indeleble que tendrías que aceptar llevar contigo por el resto de tu vida, implicaría un dolor físico tan profundo como el valor emocional que requería hacérselo. Pero no fue así. Apenas notó la aguja tatuando sus poros. Una picadura de mosquito le había llegado a molestar mucho más. Eran las diez de la mañana y tenía todo el día por delante. Tenía muy claro qué era lo siguiente que iba a hacer. Se dirigió al estudio de tatuajes que su amiga Leti le había recomendado. Cómo molaba el dragón de Chihiro que se había hecho en el brazo, pensó Elena. Les diré que me hagan florecer desde la cicatriz, como si de una rama que brota hacia la nueva vida se tratase.



Si algo tenía claro en ese momento es que iba a ganarle la batalla a aquel cabrón. El cáncer se había llevado su mama izquierda. Y ahora había tenido que tatuarse sobre su piel los puntos que servirían de referencia para la radioterapia. Era el segundo paso y tenía claro que no sería el último. Pero eso ya no importaba. Tenía la intención absoluta de superar aquello. Y su primera celebración sería hacerse el tatuaje que siempre había deseado: una rama de cerezo cubriría el lecho y la cicatriz gruesa tras la cirugía. Su pecho sería de ahora en adelante una primavera eterna. Como toda la vida que, estaba segura, aún tenía por delante.