931. TE ESTÁS OLVIDANDO DE MI
BEGOÑA MENCÍA | B-go

TE ESTÁS OLVIDANDO DE MÍ
Él, ese señor bonito de ojos pequeños y gafas vintage, se levanta como cada día a las ocho, se asea, se toma su café solo y pasea hasta la calle de siempre, va al sitio de siempre. Lleva la boina que le gusta a ella, es de color gris con líneas rojas muy finas que forman cuadrados casi imperceptibles. Entra en el edificio blanco por la puerta de atrás aprovechando que sale el camión de reparto de víveres para los pacientes. En el hospital le han prohibido que vaya todos los días porque dicen que no es bueno para él. Que sabrán ellos. Huele a comida de colegio mezclado con ese olor a decadencia, a muerte. Si, la muerte tiene un olor, no se si lo habéis sentido, y también tiene una cara muy característica. Nos avisa para que no la llamemos traidora.
Al yayo le sudan los ojitos pero no se esconde. Siempre ha sido muy sensible y a pesar de tener esa educación de otros tiempos y habiendo vivido una guerra civil en la que fusilaron a sus padres cuando el tenia doce años, sigue llorando. Sigue riendo y emocionándose y recitando poesías. Ese niño que vio como volaban los sesos de sus padres, sigue viviendo.
Ahora tiene 90 años, camina doce kilómetros diarios , está en buena forma y cruza el pasillo hasta la sala, donde está su enamorada, casi saltando. Le sobran las ganas.
Ahí está, mira a esa mujer pequeña, que habla poco, ríe poco y observa mucho. La ve en un rincón sola, ella está mirando por la ventana y él se acerca con miedo ya que nunca sabe como se va a dar el día. Le da un beso y ella lentamente mueve la cara hacia ese señor al que ya no conoce. Él la mira y le dice soy yo. Ella no se mueve. Él grita ¡soy yo! Ella no se mueve pero lucha por recordar el nombre de ese señor con ojos achinados y sonrisa permanente y por un momento sonríe y balbucea su nombre mientras él la abraza y llora de amor. Dos minutos después ella vuelve a olvidarle. Después de 70 años a su lado es uno más.
Llega la hora de comer y no quiere tragar, se da cuenta de que el Alzheimer está ganando y se quiere ir, está cansada de esta vida que no es la suya y, en un momento de lucidez, decide que no va a comer nunca más. Y lo cumple con una serenidad que yo nunca tendré. La yaya se muere de hambre y el yayo se siente la persona mas impotente del planeta Tierra. No podemos salvar a quien quiere morir. A partir de hoy, un viernes cualquiera, asesinamos a la culpa porque no nos regala nada bonito. Nunca.