622. TE VOY A MATAR
LOURDES FRANQUET GARRIGÓS | Mare Blu

«¡Te voy a matar!» Estas terribles amenazas se filtraban a través de las paredes de mi apartamento día tras día, desde la vivienda contigua. Yo me había mudado hacía poco y no tenia ni idea del porqué mi vecino, un anciano octogenario, podría estar profiriendo tales intimidaciones, ni a quien… Hasta que, harto de la situación, me armé de valor y llamé a su puerta. ¡Cual sería mi sorpresa al ver a unos paramédicos, llevándoselo de allí! «Pobre hombre», pensé. «Seguramente, se le habrá ido la cabeza».

Aquella noche, dispuesto a disfrutar de mi lectura favorita con una buena taza de chocolate caliente, volví a escuchar el diabólico alarido: «¡Te voy a matar! ¡Te voy a matar!» Un escalofrío recorrió mi nuca. ¡No podía ser cierto! Se suponía que aquella vivienda estaba vacía, pues de una cosa estaba seguro: el anciano era viudo y vivía allí solo.…

Me calcé las zapatillas y salí al descansillo. Con todo el sigilo del que fui capaz, pegué mi oreja contra su puerta y esperé. «¡Te voy a matar!», me sobresaltó aquella voz, que parecía salida de las mismísimas entrañas del infierno. Tragué saliva y empujé la puerta. Y ¡casualidad o fatalidad!, la puerta se abrió. Una vocecilla en mi interior me decía que pusiera tierra de por medio cuanto antes, pero otra me impulsaba a avanzar hacia la oscuridad de aquel departamento, como la incauta presa que queda atrapada en la guarida del lobo.…

Sin tiempo para meditarlo, me encontré yendo de puntillas por el pasillo, el cual se abría a un espacioso comedor. A ciegas, intenté palpar el interruptor de la corriente, pero las luces no se encendieron. «¡Te voy a matar!», aquella exclamación volvió a romper el silencio de la noche, haciéndome temblar de pies a cabeza. «¡Cállate! ¿Me oyes? ¡Cállate!», empecé a chillar, intentando batirme con aquel enemigo invisible, zapatilla en mano. En aquel estado de desenfreno, conseguí llegar hasta las mismas puertas de la terraza y allí, en una jaula de pie, estaba él. Giró la cabeza y repitió: «¡Te voy a matar!».

No tuve tiempo de reaccionar antes de que una señora regordeta, ataviada con una bata de satén rosa, entrara al apartamento y me encontrara con la mandíbula desencajada y blanco como la cera. «¡Pero, bueno! ¡Ya está otra vez el Leonardo pegando la serenata! ¡No me digas que te ha asustado!» exclamó, mirándome divertida.

«¿Leonardo?», balbuceé, incrédulo. «Sí, hombre, el loro del señor Anselmo. ¡Pobre! ¡A ver si se recupera prontito! Creo que me tendré que llevar al Leonardo a casa, porque el animalito, aquí solo debe estar triste, ¿no? ¿Acaso te ha molestado?», se explicaba la oronda vecina.

«Pero, oiga… Dígame usted, señora: ¿a quien podría querer matar el señor Anselmo?», quise saber, intrigado. «¿¡El señor Anselmo!? ¡Pero si es más bueno que el pan!», exclamó ella, sonriendo. «Lo que pasa es que hace un tiempo, al pobre hombre se le coló una rata en casa y, ¡pues claro! ¡Este Leonardo…!»