826. TELEMAQUIA
Ismael Talbi Criado | Sancho Arriero

La pantalla era gigantesca. El último grito en tecnología digital, alta definición, enchufar y usar, controles interactivos y sensores de voz y movimiento que, casi, calculaban los deseos de ver películas, series, documentales y hasta las luctuosas noticias del día. En una palabra, la leche.

Sin duda, las siestas iban a ser de campeonato frente a tal monumento, tal tótem y fetiche, del progreso tecnológico de la humanidad inventora. Una heroica telemaquia, una lucha titánica entre el hombre bien comido, bebido y adormecido y una masa de canales inútiles y bobadas televisivas, estaba a punto de comenzar. Se acabaron las tonterías. Por fin la siesta y la máquina a solas, en un duelo fatídico en las profundidades de un sofá y el calor de una tarde solar.

Tras los frustrantes preliminares de la conexión y las habituales, descaminadas y confusas, instrucciones del manual técnico, la tele estaba lista. Era como estar allí o, mejor dicho, era como si ella estuviera allí. Esclava, dócil, sumisa, obedeciendo el mínimo chasquido de los dedos o las órdenes, caprichosas o imperiosas, de una voz embriagad de poder y control.

Pronto la resaca de autoridad y señorío tecnológico empezó a pasar factura. Con cada ronquido de puro gozo, con cada ligero movimiento de pie, pierna o codo, con cada flacidez de labio o cabezadita de placer, el volumen subía y el canal cambiaba, en busca de la liberadora venganza, a los últimos vídeos de música ruidosa y ratonera.
El cruel despertador, embriagado de alma y vida, atravesaba la siesta, creando una atmósfera de taquicardia, crispación, salsa y reguetón. El control remoto no respondía. El volumen no retrocedía y saltaba a niveles aún más inhumanos. Las imágenes, aceleradas, se sucedían con velocidad epiléptica. Mi siesta estaba siendo estrangulada por un artilugio enajenado.

Los gritos, los brutales movimientos de caderas y el ruido machacón de los tambores, eran algo enfermizo e insufrible a la hora de la siesta. Una y otra vez, perdido en un tiempo infinito, intenté apagar la inmensa pantalla con voz firme, ruegos, improperios y todas las entonaciones posibles de una lingüística adormecida. Sin embargo, cuando me daba la vuelta para abrazar la interrumpida siesta, los sensores de movimiento lanzaban de nuevo los alocados vídeos de un baile de San Vito enardecido y burlón.

Por fin, a tientas, con lágrimas en los ojos, apretando botones con desesperada impaciencia y al borde del corte de digestión, la televisión se apagó. La paz y serenidad del momento ahogaron la frustración y la angustia de una siesta asesinada. De puntillas, intenté huir evitando los sensores pero, al llegar a la puerta, una voz suave y sensual, me invitó a ver el plácido y sosegado documental de ‘Mundo Submarino’.
Fin