235. TELETRABAJO, MARAVILLOSO INVENTO
Lorena Álvarez de Sotomayor Parres | Luna Cubista

A esas alturas del confinamiento estaba hasta las narices del teletrabajo y de los mil programas que existían para reuniones online. Cada vez que alguien proponía uno nuevo se me ponían los pelos como escarpias. Ooootra vez a intentar descifrar cómo iba aquello y todo mientras lidiaba con tres niñas que parecían tigres enjaulados.
Harta de sentir que tenía que ser Bill Gates, decidí que no me iba a volver loca buscando la opción de desenfocado y para la reunión de aquella fatídica mañana me coloqué con la estantería como fondo. Eso sí, me peiné y me puse una camisa planchada. Ya no daba para más.
Las niñas estaban jugando en su cuarto y mi marido reunido en otra habitación. Pedí empezar yo. No sabía cuánto duraría la paz.
Apenas había comenzado cuando sentí cómo la pequeña trepaba por mis piernas. Me hice la loca hasta que empezó a gritar: ¡¡Tetitaaaa!!
Rápidamente anuncié: “como podéis ver en el siguiente gráfico” y sin explicar nada más quité la cámara y puse el mute.
El angelito se agarró con ferocidad mientras me llenaba de plátano. Cuando conseguí destetarla le di una cera y la animé a continuar pintando una de las paredes, que ya habíamos dado por perdida.
Me coloqué otra camisa que encontré sobre una silla y, tras alisarla como pude con la mano, retomé el discurso. Se escucharon murmullos sobre mi cambio de ropa.
– Ahora voy de negro porque estamos de luto por la debacle de ventas.
Había salido al paso. Quedaba menos.
No había pasado ni un minuto cuando, con horror, apareció en pantalla mi hija de tres años trepando desnuda por la estantería como la niña del exorcista.
Solté otro gráfico y me lancé a cazarla. Era escurridiza y parecía tener ventosas en manos y pies. Después de varios improperios y amenazas logré desengancharla y la puse a pintar la pared con su hermana.
Retomé la charla con la mayor naturalidad que me fue posible. La mitad de mis compañeros no podía disimular la risa. La otra mitad, sin hijos, ponía cara de profundo disgusto.
Conseguí centrarme y, enlazar, milagrosamente, cinco minutos de presentación sin tener ningún contratiempo. Ya casi vislumbraba la última diapositiva cuando de la nada, surgió mi última hija (gracias a Dios) envuelta en papel de váter, con un escurridor en la cabeza y un racimo de uvas en la mano preguntando por Ramón García, mi jefe. Estaba empeñada en que era el presentador de televisión y quería que la contratase en las próximas campanadas para hacer competencia a la Pedroche.
Creí morir, pero no, aún dio tiempo a que la videoconferencia diese un último giro, todavía más espeluznante. Lo que sucedió a continuación me heló la sangre. En vivo y en directo vi cómo se abría la puerta que había junto a la estantería y aparecía mi marido en calzoncillos charlando por sus auriculares con micro. Me levanté de un salto para intentar taparle sin acordarme de que yo también estaba en bragas.