864. TENACITAS
Patricia Fortes Nieto | Historias con sabor a GASOIL

Hoy, sentada sobre la fina arena de la playa y mirando fijamente el mar, recordé a un chico que me subió en el autobús una noche en la zona del puerto. Serían las 5:20 de una mañana lluviosa, se sentó en el asiento del copiloto y al rato se quedó dormido. Al llegar a un cruce en donde empezaba a alejarme de los edificios dirección al cementerio decidí despertarlo, porque no quería llevarlo a aquella zona tan solitaria, y menos a esas horas.

-¡¡Oyeeeee, eyyyyy, oyeeeee!!

El chico con aspecto sucio abrió lentamente los ojos.

-¿Hacia dónde vas? Yo ahora sigo para el cementerio -le dije un poco asustada.

-Ostras… -empezó a mirar por el cristal y despertó de golpe -déjame aquí que voy para la urbanización. Muchísimas gracias por despertarme.

Se levantó y me explicó que venía de trabajar del puerto y estaba reventado. Mientras hablaba metió su mano derecha en una bolsa con demasiados usos.

-Toma -dijo, acercando a mis manos una centolla grande como el diámetro del volante.

-¡No, no puedo aceptarla, hombre!

-Por favor, toma, me acabas de regalar tiempo de descanso. Tengo que volver en unas horas y necesito dormir.

-Pues mira, cuando llegues a casa descansas, y al levantarte ya tienes desayuno -le dije acercando la pedazo centolla a su torso. Bajo ningún concepto voy a permitir que un currante me dé parte de su trabajo.

Y aquí acaba la historia y comienza la fábula…

El chico se baja corriendo del autobús y me deja la centolla encima del volante. La observo detenidamente. Ella me mira con ojillos lastimeros y, muy tímidamente, mueve sus tenazas en señal de saludo. Le agarro una patita y le digo:

-Encantada, tenacitas.

Ella me sonríe y la acomodo encima de la máquina expendedora de billetes. A medida que van pasando las horas nos hacemos amigas. Ella me protege de los viajeros maleducados. Si entra alguien protestando o insultando le ordeno:

-¡Buca, tenacitas, buca ahí…!

Y ella se lanza a por ellos con sus enormes tenazas.

-Buena chica -le digo en señal de agradecimiento mientras le doy pequeños golpecitos frotando la conchita.

Pasamos una mañana mágica en la que ella me contaba su vida en la ría y yo la escuchaba maravillada. Pero como todo lo bueno se acaba llegó la hora de retirada de servicio…, y pasó lo inevitable.

Llegamos a casa y comenzó el ritual de despedida: unas hojas de laurel, sal gruesa, agua hirviendo y pa’ dentro de la perola.

Pasados veinte minutos degusté sollozando las pinzas y los corales de tenacitas…
D.E.P. sabrosa amiga, nunca te olvidaré.

Moraleja: No te fíes ni de quien te frota la concha.