1109. TENÍA QUE INTENTARLO
Julio Montesinos Barrios | Rabar

Le estampé el beso cuando comenzaban a poner las lentas. Bueno, beso. Los nervios del descuento propiciaron un exceso de ímpetu. Nuestros marfiles chocaron violentamente, brincando carillas dentales e improvisando troneras donde antes galleaban incisivos.
El ósculo hizo saltar chispas, desde luego, pero sin la magia especial de la primera colonia. Recuerdo el fundido a negro y extraños flashes de gente sorprendida a mi alrededor. Instantes después, un hercúleo segurata me levantó del suelo con una mano, sin esfuerzo, cual mancuerna de su gimnasio. Luego continuó con las presentaciones. Cinco dedazos barnizándome el careto de frente y de revés, a doble capa. El fin de fiesta llegó con el molinillo. Mecánica serie de puñetazos que dijo adiós a los dientes aún en pie de los envites anteriores.
Y allí estaba yo. Con el rostro deformado, como un ecce homo mal restaurado, pajaritos revoloteándome por la cabeza y sin saber muy bien de qué iba la película. Al mirar hacia atrás pude al menos intuir algunos esbozos del guion. Una numerosa representación de productores de vino, aguardientes y cervezas artesanales serpenteaba por toda la planta en atestados puestecillos. Cerca del último de ellos, el que ponía fin a la etílica romería, estaba yo, con una bella cabeza de piedra policromada a mis pies.
Nunca pensé que mi apasionada desinhibición haría perder la cabeza a la entrañable Hathor, diosa egipcia del vino. Su estatua presidía solemnemente aquel entrañable evento en el centro comercial. Estaban a punto de cerrar, así que debí mentalizarme de que no podía irme sin intentarlo.