TERCIOPELO NEGRO
JOSÉ RAMÓN SÁNCHEZ GASPAR | TESEO

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Su sonrisa no tenía color. Era como el terciopelo suave de sus labios y el escalofrío de sus besos.

El resto de nuestra relación lo iría descubriendo en dosis impactantes y sin tregua al suspiro razonable. Todo fue vertiginoso: Una relación esporádica que vino y marchó como un huracán de consecuencias imprevisibles.

Mi otoño de cuero y tabaco, de libros, leña y vino sufrió, la catarsis de su encuentro.

Nunca pensé en enamorarme, de nuevo. ¿Como? Apenas había creído en el amor, mucho menos en apasionarme por una mujer de color. Pero ya se sabe: al candil, aceite y al cerdo matarile.

Uno llega a una edad en la que el deseo va por delante de las posibilidades y los escarceos encubren la insoslayable realidad de las cosas.

Ella es Gaby y yo soy Fran: Nos conocimos, ¡oh azar!, en un banco del club de campo y al comienzo ni nos saludamos. Mi lectura y su WhatsApp eran incompatibles. El silencio nos envolvía en un laberinto infinito de miradas furtivas y olores a caramelo.

– ¿Te apetece? —un pastelito de chocolate asomó de su envoltorio.

– No, gracias —susurre atorado—. No como entre horas.

– El sedentarismo y los libros no son la mejor manera… Por cierto, me llamo Gaby —todo lo dijo, sin respirar, como un ejercicio de supervivencia forzada.

– Fran, me llamo, Fran Mélida. Encantado.

– Ella se levantó, sonrió e hizo un gesto de adiós, sin inmutarse.

Olía a felicidad. Me cautivó su sinceridad y su dignidad. La tormenta se había desencadenado. Mis pasiones olvidadas erupcionaban: ¡Fran, Fran ese caramelo de menta no es para ti

Dos años y mil cafés después. Encadenados en infinitos escarceos y excusas, ha llegado la hora de la verdad. Me mudo de ciudad.

Ella no lo sabe, pero lo intuye.

En nuestro último encuentro los cristales lloraban amargos como las lágrimas que los recorrían en la calidez de la habitación.

Ha sido muy bonito. Una relación ácida, como la lluvia de nuestros otoños, y el vino amargo de nuestra derrota.

Solo recuerdo, ahora, mi dedo índice recorriendo el pentagrama de su espalda, desde la nuca al valle de su sensualidad. En esta vida no ha podido ser…pero algún día nos encontraremos; porque nuestra felicidad huele a natillas compartidas.

En la distancia unas lágrimas brotan como estalactitas y estalagmitas; abrazadas suenan como campanas de gloria, dolor y…