424. TERROR EN EL SUPERMERCADO
Luis Varela del Hoyo | Paty Varela

“Son 25’14 €, por favor”
Esto es lo que se oye de fondo mientras tú, con un frío sudor recorriéndote el cuerpo, estás intentando guardar en bolsas, de la manera más rápida –y ordenada– posible, tu compra.

Los huevos arriba para que no mueran aplastados por las latas de cerveza. Los congelados, aparte. Y que el pescado, lo más cerca que pueda estar del resto de la comida, sea a tres capas de bolsas de distancia.

La agilidad con la que guardas las cosas, es inversamente proporcional a la gente que haya en la cola. A más gente, en un ser menos ágil te conviertes.
Te bloqueas, te sientes observado por todos y cada una de las personas que esperan a que tú acabes, mientras la cajera está lanzándote yogures de plátano y latas de bonito a la velocidad de la luz.
Sin ningún tipo de compasión.

A esto sumémosle que, al igual que los animales, las bolsas huelen el miedo.
Si estás solo, se abren con un ligero soplido.
Pero, ¡ay madre como ya haya dos personas esperando… Ellas lo notan! Se adhieren más que los percebes a las rocas.
El infalible truco de humedecerse las yemas de los dedos, pierde todo su poder. Y tú no ves más que botes de encurtidos rodando, y mortadela con aceitunas, arrojados con violencia por unos brazos que se mueven más rápido que de lo que pueden percibir tus ojos.

¿Y el separador de las cajas?
Es una manera sutil de llamarte inútil.
Si ven que no puedes con ello, te lo mueven, como diciendo “Al rincón. Y aprende cómo se hace”.
Por supuesto, los clientes que van detrás de ti van a un ritmo constante y sin atropellos, mientras tú te sigues pegando con el paquete de azúcar, que como no podía ser de otra forma, está roto, y garrapiña todo lo que toca.

S pagas en efectivo, la vuelta ni la miras. Bastante vergüenza has pasado ya.
A ver quien se atreve a parar más aquella cadena de montaje perfecta.
Coges todo lo que te dan: ticket, monedas, billetes… Lo haces una bola, y al bolsillo del pantalón. Ya lo mirarás en casa, cuando tengas un poco de calma.

En fin, es lo que hay.
Yo creo que nunca más voy a volver a hacer la compra. Desde ahora comeré siempre en Lamucca.