604. TESTIGO DE LA GURTEL
Javier Jimenez Ramos | BENDER

—No quiero ir Elvira, me quedo en la cama—dijo Mariano.
Elvira sacó un papel de la mesilla y le pegó en el pecho las cuatro frases que debía repetir ante el
juez.
—No pienso salir de casa hoy. Que les den, soy el jefe.
Elvira pulsó el interfono del servicio, al que contestó Juan el ujier desde la planta baja, y con tono de
mando militar ordenó “ensayo de comparecencia en el patio en diez minutos, junto a la fuente“. Sacó la
Fender Stratocaster del armario y la dejó a los pies de la cama.
Juan se vistió metódicamente, mirando con nostalgia el hueco que dejó en la pared Jose Mari cuando
se llevó el cuadro de El Greco, su pintura favorita. Fue a buscar a Beatriz, la jefa de cocina, y a Yolanda, su
ayudante. Los papeles de siempre, les dijo. Tú, Beatriz, alabanzas, y tú, Yolanda, insultos y alboroto, yo me encargo de las preguntas. Juan cogió el amplificador y los tres bajaron al patio junto al pequeño estanque de la fuente. Mientras Juan conectaba el aparato, Beatriz, como cada día, repartía un par de barras de pan duro entre los peces del estanque.
A la media hora desde que Elvira dio el aviso, apareció Mariano en el patio, en calzoncillos y camiseta
blanca calada, guitarra en mano, seguido de su mujer, bajo los gritos de ¡Presidente, Presidente!, de Beatriz y los abucheos y silbidos de Yolanda. Conectó la Fender al amplificador, y esperó las órdenes de Elvira hasta que esta, con un gesto de director de orquesta, levantando la barbilla y el brazo, le dio paso. Mariano afinó durante un minuto, y comenzó el punteo de Black Magic Woman de Santana.
Cuando llegaba a los agudos, un tic nervioso le hacía guiñar un ojo constantemente, subía las cejas
abriendo los ojos más de lo normal, e incluso sacaba la lengua. Elvira dio paso a Juan que le hizo cuatro
preguntas sobre su implicación en la trama de corrupción, a las que Mariano respondió sin dejar de tocar y hacer muecas, con frases del tipo “no recuerdo haber tenido esa conversación”, “eso son habladurías”, y “le puedo asegurar que nunca tuve relación con la persona de la que usted me habla”.
Yolanda, no pudo evitar sobrepasarse en su papel en el teatrillo, y aguantando los codazos de su tío
Juan, comenzó a llamarle chorizo, embustero y dictador. Mariano dejó de tocar, y al grito de “que despejen la sala de estos perroflautas”, lanzó la Fender al estanque. El cortocircuito hizo que cuatro carpas naranjas saliesen flotando panza arriba, mientras que el amplificador comenzaba a arder.
—Es usted una mala persona—dijo Beatriz mirando las carpas
—Estoy listo, Elvira, vámonos—dijo Mariano con una media sonrisa.
A mediodía, sentados en la mesa en la cocina, Beatriz, Yolanda y Juan, miraban de reojo el televisor
de vez en cuando, y observaban los guiños nerviosos de Mariano mientras movía los dedos sobre la mesa del juzgado recordando Black Magic Woman.