845. THOMAS
Selena Camarzana | Freya

Reinaba la calma. Era una habitación soleada, con un bello cuadro sobre la chimenea, y el jarrón que tanto quería, sobre la mesa de madera maciza. Estaba pintado a mano y recreaba la campiña donde su abuela pasó su niñez. Era un regalo, pero bien sabía que su tía no quería dárselo. Hizo todo lo posible para demorar la entrega, hasta que no tuvo más remedio, fue el último deseo de la abuela. Y ella lo adoraba y cuidaba con la vida.
Thomas disfrutaba de la estancia, era realmente acogedora. Estaba solo, y por ello miraba con expectación la puerta. Ella podía llegar en cualquier momento, aunque podía intuir cuando se acercaba.
Él era paciente. También sagaz, sabía cuando y como. Esperaba en el sofá, que era tremendamente cómodo, con la tranquilidad que lo caracterizaba. Vigilaba todo, estaba muy atento, aunque si alguien lo observara desde la ventana, no verían nada sospechoso.
Sin embargo, Thomas no perdía de vista al jarrón que tanto admiraba.
Lo que siguió, transcurrió con mucha rapidez. El juego, el salto y el estruendo sobre el suelo. Miles de trozos se esparcieron por la habitación.
La puerta se abrió de golpe, Joana se estremeció y gritó.
Thomas estaba nuevamente en el sofá. Como si nada hubiera ocurrido.
El gato tiró el jarrón, y sin inmutarse vio como Joana recogía los trozos mientras lloraba de impotencia y enojo. Lo miraba con odio, mientras gritaba cosas incomprensibles. Thomas se le acercó lentamente, ronroneó como sabía hacerlo, se enredó entre sus manos y piernas, y todos esos sentimientos se fueron desvaneciendo.
Después de limpiar el suelo y recoger los trozos del jarrón, Joana se acomodó en el sofá, junto a su gato, y la tarde transcurrió en paz. Había un hueco en la habitación, pero la pareja la llenó con su mutua compañía.