233. TIEMPOS DIFÍCILES
Ricardo Mateos Santos | Lucano Tema

Kathy era un magnífico ejemplar de tiranosaurio. Los años empezaban ya a ser una carga, pero aun conservaba muchos de los encantos de juventud. Su espíritu seguía siendo algo soñador a pesar de que las grandes cicatrices que recorrían su cuerpo no dejaban espacio a imaginar una vida cómoda y tranquila. No lo fue.
Encontrar el amor verdadero con una sonrisa tan dura y unos brazos tan cortos nunca fue tarea fácil para Kathy pese a que ella siempre puso su mayor empeño. Más de un amorío sucumbió en sus fauces, mecidos y desorientados en esos últimos minutos por la pasión y lo salvaje de la vida.
Pérdida toda esperanza, quiso la fortuna esquiva, o el desgaste natural de su ímpetu y fogosidad, que Kathy encontrara finalmente a su definitivo compañero de viaje. No era el soñado -nunca lo son- pero era el ideal.
Paul, un estegosaurio de lo más común, sí que llevó una vida tranquila. Se puede decir que en toda su existencia a penas vivió un solo día de preocupación. Llevaba su deambular pausado, o triste, a veces lo uno y lo otro se confunden, sin mayor preocupación que la de moverse de un lugar a otro resolviendo temas tan triviales como qué comer y dónde dormir.
Pese a que llevaban largo tiempo juntos, Paul no terminaba de encajar en el círculo más íntimo de Kathy. Con el círculo menos íntimo tampoco tuvo una suerte muy diferente. Desde luego no eran sus habilidades sociales para con sus actuales convecinos lo que le mantenía con vida sino, más bien, la dureza de su piel y el repugnante sabor de su carne. Esto nunca le importó demasiado a Kathy, más bien al contrario.
Kathy estaba bastante revuelta por aquellos días. No sabía qué era, pero desde luego algo no iba bien. O al revés, quizá era el presagio de que, finalmente, un giro inesperado del destino haría que sus vidas cambiaran para siempre, el empujón que ella siempre notó que faltaba y del que siempre estuvo segura de que algún día vendría.
Esa mañana de lunes podría haber sido como cualquier otra, pero no. Kathy apenas pegó ojo en toda la noche y, si no fuera por esa desagradable corteza petrificada que Paul tenía por pellejo, este se hubiera despertado ensangrentado. O muerto, suerte que sufrieron muchos de los que ocuparon su puesto en el amor antes que él.
Desvelada, Kathy salió a observar el cielo aun en los albores del día, esa franja de tiempo en la que uno no sabe si va o viene.
“Paul, ¿puedes venir?”, gritó nerviosa. “¿Tiene que ser ahora K?… ¿ahora mismo?”. “Sí”.
A veces un simple monosílabo contiene más información que una frase o que un libro. Paul se movió pesadamente, ridículamente lento. Al llegar al lado de Kathy elevó la cabeza en la misma dirección que apuntaba la de Kathy. Y allí estaba, como suspendida en el cielo, aquella inmensa bola de fuego. Qué bonita es, llegó a pensar ella.