Tiempos que no cambian
Dulce Abenza Ros | Taz

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14 de Enero, 11:00 de la mañana. Como de costumbre, me disponía a tomar el almuerzo en la hora que tenía de descanso en el trabajo. Andaba en busca de un banco, junto a mi compañera, que me dirigía hacia el más cercano. Un banco pequeño en el que daba la sensación de estar presente un cálido y agradable rayo de sol, capaz de resguardarnos por unos minutos de ese molesto frío presente en nuestro cuerpo durante toda la mañana debido a las bajas temperaturas, cuando de repente se me ocurrió lanzar una pregunta al aire: ¿Alguna vez te han gritado algo por la calle y te han hecho sentir incómoda? Inmediatamente, mi compañera, que iba mirando al suelo, giró su cabeza rápidamente y alarmada, con una mirada que no había visto nunca antes en su rostro, me preguntó: ¿Necesitas ayuda? Lo dijo con la voz rota y entrecortada. Era como si supiera exactamente todas las palabras sin sentido que me había gritado ese hombre insolente por la calle la tarde anterior; parecía que hubiese estado presente en ese preciso momento. Esa fue la primera vez que me pasó algo similar. Sinceramente, nunca había vivido algo parecido y creedme que me parecía raro, teniendo 25 años y viviendo en una sociedad como la actual, digna de reflexionar, donde varias de mis amigas ya habían experimentado, por desgracia, algo parecido a lo largo de su vida. Y no os voy a mentir, esa primera vez me hizo sentir un tanto nerviosa. Tales fueron esas palabras, que comencé a caminar cada vez más rápido, notando como mi pulso se aceleraba y mi mente se bloqueaba a medida que se iba intensificando la situación, sin saber cómo reaccionar ni qué hacer en ese preciso instante. Pero, ¿Os creéis que la historia acaba aquí? Pese a mi terrible miedo en ese momento decidí girarme y plantarle cara, no se esperaba mi reacción, se le cayó la cara de vergüenza y continuó con su camino cabizbajo. A día de hoy, con 40 años me sigue pasando continuamente, tanto que lo he asumido como algo común en mi día a día, algo que me hace preguntarme a mí misma: ¿A dónde llegará la sociedad? Y lo más importante: ¿A dónde llegarán este tipo de acciones? Pero sinceramente, cuando me pasa, miro a la persona por encima del hombro, con indiferencia, ya que opino que el problema lo tienen ellos, ya sea por el simple hecho de llamar la atención o porque están sujetos a alguna situación pendiente de resolver en su interior. En fin…