Tienes el tiempo justo para resucitar
Maria Dolores Moret Ibáñez | DOLORES M.

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El despertador comenzó a sonar como siempre, pero su cabeza lo percibió como una sirena antiaérea. Aunque el ring ring se le clavaba en el cerebro, él se sentía incapaz de incorporarse de la cama para apagarlo.

Aquel sonido se prolongó durante tres insoportables minutos más. Por fin, pudo estirar el brazo para coger una almohada y derribar aquel cachivache del infierno. La cabeza le ardía, sus sienes palpitaban, tenía la boca seca y los ojos le escocían.

—Ya no bebo más —pensó—. El alcohol a partir de los treinta debería estar prohibido.

Giró la cabeza hacia un lado, miró por encima de su hombro izquierdo y vio la hora en el despertador que acababa de lanzar al suelo.

—¡Mierda! —gritó con todas sus fuerzas.

Eran las siete y media de la mañana y el examen final de su oposición, ese que llevaba preparándose exactamente tres años, ocho meses y cinco días, comenzaba en una hora.

—Tienes el tiempo justo para resucitar —se dijo a sí mismo.

Se levantó rápidamente pero un leve mareo le volvió a empujar hacia la cama.

Se arrastró hacia el borde del colchón y alargó su brazo hasta el cajón de su mesita de noche para alcanzar el blíster de ibuprofenos que guardaba al lado de los preservativos. Al mirar hacia las pastillas quedó paralizado. Había un envoltorio de profiláctico abierto y eso significaba que no había pasado la noche solo.

El ruido de la cisterna del baño, que estaba al lado de su habitación, se lo confirmó: ella se había quedado a dormir. Aquello le llevó de repente a repasar mentalmente los fragmentos de la noche anterior: una primera cita, aquel bar, copas, un beso furtivo en la parte trasera de un taxi…

—Mierda, mierda y mierda —maldijo para sus adentros—. ¿Cómo podía haber puesto en juego el examen final de su oposición?

La puerta se abrió y por ella apareció su respuesta: Marta, la chica que había conocido meses antes en la biblioteca y por la que estaba loco, asomó la cabeza. Ella también estudiaba una oposición, solo que, en vez de Abogacía del Estado como él, se había decantado por Inspección de Hacienda.

Con la melena alborotada, ella le miró, le sonrió y acto seguido recogió unas llaves que estaban en el suelo.

—Vamos Juan, vístete, que hoy lo vas a bordar, yo te llevo al examen, te lo debo

—le animó Marta.

Probablemente se sentía culpable por haberle obligado a salir con ella la noche anterior, con el pretexto de una primera cita improvisada.

—Venga, tienes el tiempo justo para resucitar —trató de convencerle ella, guiñandole un ojo.

—No, si al final resulta que voy a ser un tipo con suerte —pensó mientras sonreía para sus adentros.

Aquel día Juan consiguió resucitar, llegar a tiempo a su examen y aprobarlo con nota. También fue el día en el que comenzó la historia de amor más importante de su vida.