1346. TIERRA AMARGA
David Mendoza Herrera | Libroslados

A pesar de todo, Ofelia confió en su marido. Lo único que Manolo no debía hacer aquella tarde era permitir que los ratones escaparan y, con ellos, los sueños de su esposa. Si nada se torcía, se afianzaría como candidata al Nobel de Medicina ese año. Así, cuando la mujer llamó a su marido al escenario de Laboratorios Vinci y no salió por donde llevaban ensayando dos semanas, barruntó la tragedia. Manolo apareció con sus andares de oso pardo y tropezó con el cable de un robot de cocina. Ella quiso reencarnarse inmediatamente en su peluquera Vanesa, sin pasar siquiera por el trance de la muerte, para arrellanarse en el sofá ante el capítulo final de Tierra amarga, la telenovela turca, y olvidar que la vida de millones de personas estaban en sus manos. Y las de Manolo. Llegó a pensar quién la mandaría a estar allí, donde se congregaba lo más distinguido de la comunidad científica mundial, a presentar los resultados de sus estudios de toda una década. Manolo apenas emprendía la caída cuando todas las personas presentes se hicieron a la idea de que los ratones editados genéticamente poblarían la tierra en cuestión de semanas. Una catástrofe. ¿Podría evitarse? Él también había dado por hecho el desastre, así que centró su interés en resolver la parte ridícula de la situación. Primero pensó que seguir dando saltitos deportivos como continuación a sus trompicones —similares a los de una salida falsa en el tartán— no era una mala opción, pero también calculó que se quedaría sin espacio enseguida. No era un buen plan. Inmediatamente imaginó una caída más digna, aún no sabía bien cómo hacerlo, en la que miraría de manera altiva la causa del tropiezo al tiempo que aterrizaba, dando la sensación de que todo estaba controlado por su parte y poniendo todo el peso del disparate sobre quien hubiera puesto aquel cable allí. Si hubiese sabido que se trataba de un artilugio ajeno a la actividad investigadora habría elegido definitivamente este final para la escena, pues aquel aparato no tenía función alguna en el laboratorio, sino que Ofelia, acérrima defensora del más honorable arte culinario y enemiga absoluta de la cocina artificial, robotizada y asistida, lo había ocultado allí para tenerlo alejado de su novelero y teleadicto marido.
Cuando Manolo se disponía a desplomarse contra el suelo con la incubadora autónoma plagada de ratones editados genéticamente, Ofelia intentó desaparecer del mundo en un improbable ejercicio de telequinesia, sin reparar en que quizá hubiese sido más provechoso usar este recurso para sostener en el aire, al menos unos momentos determinantes, el recipiente con los animales.
Manolo levantó la mirada hacia su querida esposa y empezó a balbucear una justificación que, como la caída, no sabía cómo concluir.
—Pen……Pensé que…
La incubadora reventó bajo Manolo, y con ella reventaron los 14 ratones editados genéticamente, poniendo fin al experimento destinado a erradicar las explosiones violentas en las personas teleadictas de todo el planeta.
—Manolo, hijo, te lo digo siempre, ¿para qué piensas?