1314. TIERRA, TRÁGAME
Cristina Pastor Ramos | Crispaciones

No había vuelta atrás, estábamos en mitad del puente y todavía quedaban al menos diez minutos para que termináramos de cruzarlo. Los retortijones cada vez eran más seguidos y empezaba a sudar del esfuerzo. Me sentía como si de un parto se tratara. Coge aire y suéltalo despacito, pero ¡no empujes!

Mientras que Laura y Ana iban buscando la foto perfecta, Helena, se percató de que algo no iba bien. Me miró. La miré angustiada y con ese gesto, comprendió lo que estaba pasando. Otro retortijón. Helena, con toda la presencia que una persona de un metro sesenta puede tener, actuó como un guardaespaldas, apartando a la gente, costara lo que costase para dejarme el paso libre y acelerar el ritmo. Para mi desgracia, estábamos en un punto de no retorno, si andábamos demasiado rápido, la necesidad de evacuar se aceleraba también. Si caminábamos despacio, podía pasar lo peor.

Así que ahí íbamos, rápido, pero despacio. Helena abriendo paso a empujones y yo sujetándome la barriga, a ver si conseguía frenar las ganas. Llegué a pensar que Helena disfrutaba apartando a la gente.

Aunque veíamos el final del puente, no llegábamos a alcanzarlo. La situación comenzaba a ser insostenible y dejarse ir, no era una buena solución. No podía dejar de imaginar que en algún sitio de ese puente habría un baño secreto, y al que, por supuesto, podría acceder. No solo no había baño, sino que el puente estaba repleto de gente, y cada vez era más complicado andar.

Después de minutos agonizando, entrábamos en la ciudad y, como por arte de magia, a escasos 100 metros, estaba la que podría ser mi salvación. Helena y yo corrimos hacia esa cafetería como pudimos. Sentía que iba a explotar, no podía aguantar ni un segundo más. Apuradas, entramos y vimos que solo había una persona esperando. Menos mal, se terminaba la agonía.

La mujer que había delante de nosotras, se percató de la situación y, una vez, el baño quedó libre, me cedió el turno. No me lo podía creer, después de quince minutos de sufrimiento, iba a evacuar. Me sentí todo lo bien que se puede sentir una persona cuando se quita un gran peso de encima. Ese momento es de una felicidad indescriptible.

Liberada y con el intestino más tranquilo, tiré de la cadena y procedí a abandonar el baño. O al menos eso es lo que debía haber hecho. Ante mis ojos estaba la situación más embarazosa que me podía imaginar: había atascado el retrete. Alterada, miré todos los rincones de esa pequeña habitación, hasta que encontré un desatascador. Lo coloqué como pensé que debía hacer y empujé, empujé y empujé, pero el atasco no mejoraba. Lo intenté una segunda y hasta una tercera vez, pero fue imposible. No tenía otra alternativa que salir, evitando cualquier contacto visual con esa mujer, que delatara lo que había pasado.