Tinder
Miguel Ángel Sánchez de la Guía | Miky

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Cuando me llegó el mensaje pensé: “Vale, ya está el idiota de mi hermano trajinado en el Tinder”.

“-Si no te digo nada en una hora llama a la policía”

Acompañado de una dirección

“-Otra vez jugando con el Tinder?” Pregunte´.

“-Sip”

Para ser sincera, no me preocupaba ni me importaba, Carlos nunca había tenido problemas con sus citas, es más, había más posibilidades de que contrajera gonorrea o algo parecido a que acabase muerto.

Me despreocupé, pero aquel día iba a ser el día en que todo ser torciera.

Media hora después recibí otro mensaje de mi hermano, demasiado raro, por cierto:



“-Recuerdas todas las veces que te he cubierto delante de papá y mamá?”

“-Podrías venir a la ubicación que te he mandado?”

“-Podrías venir rápido?”

“-Por favor!”



Llegué en diez minutos, el barrio no parecía peligroso, todo lo contrario.

Cuando llegué, la puerta estaba abierta y Carlos en en salón, me condujo al dormitorio, allí vi el cuerpo de un hombre sobre la cama, estaba claramente muerto.

Sometí a mi hermano al interrogatorio de rigor, no sabía de que había muerto, y al preguntarle me dijo que apenas había tocado nada.

Ataviados de guantes de goma, cogimos el pesado cuerpo para llevarlo a la bañera, donde lo enjabonamos y remojamos de arriba a abajo, arranqué la cortina y la dejé caer sobre el difunto, al cual, para quien lo observase, habría sufrido un infarto en plena ducha, con fatal desenlace.

Limpiamos todo lo que Carlos dijo que había tocado, borramos todos los mensajes de ambos móviles y salimos de allí sin cerrar con llave, nadie nos vio salir, de milagro.

Subimos a mi coche y me dispuse a llevar a mi hermano a su destino habitual.

Al entrar nos saludaron efusivamente.

–Bueno, ¿Que tal tu permiso?

–Muy bien—respondió mi hermano—Lo hemos pasado muy bien, ¿Verdad, Ana?

–Si, y se me ha hecho corto.

–Bueno, bueno—dijo el doctor—La semana que bien podrás salir otra vez, si te portas bien, claro.

–Yo siempre me porto bien—sonreí.

Y le guiñé un ojo a mi hermano.

–Pues venga, que pronto cenaremos—dijo el doctor.

Dos enfermeros vinieron para acompañarme amablemente a mi habitación,

–No olvides tomar tus pastillas, hermanita—me dijo.

–No lo haré—sonreí.

Ya en mi habitación respiré aliviada, aunque me quedé algo preocupada por Carlos, esperaba que no hiciera locuras.

¡Siempre estaba sacándolo de problemas!