Toda la verdad
María Jesús Rosales Palencia | Ender Ross

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Toda la verdad



Realmente, no era nuestro primer encuentro. Nos conocíamos desde canijos.

Él se sentaba justo detrás de mí en el instituto y no veía tres en un burro. Me pedía las gafas y yo se las dejaba a ratos y a regañadientes. Al final, ninguno se enteraba de nada de lo que explicaban. Era muy pesado cuando quería que le soplara en los exámenes. Tardaba más en susurrarme lo que quería que yo en dejarle que viera mis respuestas.

Aún así, sacábamos buenas notas y nos iba bien. Éramos jóvenes e inmortales, sin fracturas, como dos páginas en blanco.

A veces nos íbamos a estudiar a su casa o de excursión con la gente de clase y me llevaba en su moto. Yo presumía. Me parecía fascinante esa energía suya incombustible, el alboroto del pelo y la libertad que desprendía su olor de adolescente. Era mi amigo y lo adoraba.

Pero eso fue antes de nuestra primera cita.

Un día, tras cinco años sin vernos, nos encontramos por la calle y nos abrazamos. No fue un abrazo normal, sino de los que hacen que el mundo entero convulsione y las chispas enciendan el universo. Nos atropellábamos hablando y nos acariciábamos con las palabras y los ojos.

Quedamos al día siguiente para comer.

En nuestra primera cita, ahora sí, me contó que, por desacuerdos con su padre y su madrastra (que no querían pagarle los estudios), había tenido que dejar la carrera y había conseguido trabajo en Albacete.

Se le veía contento. Yo le dije que había terminado la universidad y estaba trabajando en Madrid. También le dimos un repaso a nuestros conocidos.

“Fulano y Mengana han roto. Él acabó Ingeniería Aeronáutica y encontró otra novia. Con Mengana parece que no quedó la cosa muy allá”. No entendíamos cómo podíamos haber pasado tanto tiempo sin buscarnos. ¡Qué guapo estaba!

Me insinuó que siempre le había gustado, pero que nunca se atrevió a decirme nada por no fastidiar lo que teníamos.

Podía verle a través de sus ojos, verle por dentro.

Luego me acompañó a la estación de tren porque tenía que regresar a mi casa. Cuando me subí al vagón y anunciaban la salida, de una forma torpe y apresurada, nos besamos. Nos besamos.

Y ese fue el principio de nuestra segunda vida juntos, de querer entre Madrid y Albacete, de hacer escalas en el infierno, de amar a muerte, de excavar abismos en la oscuridad. Aún ahora, muchos años después, no sé si lo quise más como pareja o como amigo.

Una noche cualquiera, después de una discusión sin importancia por teléfono, él no pudo más con el dolor de soportar su forma humana, se escapó de su cuerpo y regresó volando a las estrellas.

Muchas veces lo veo cuando cierro los ojos, y me dice que no pasa nada, que aquello fue solo un susto y que está bien. Yo le hago caso y me lo creo, aunque una lápida insista en demostrar que ya está muerto.



Ender Ross