1437. TODO BAJO DESCONTROL
Francisco Moya Parens | Checo

Con el billete de avión y la maleta cargada de ilusiones me disponía a coger el vuelo con destino a Reino Unido, mi nivel de inglés era nefasto, diría que ni para defenderme en una conversación, pero era joven y mi novia tenía unos parientes que nos acogerían mientras encontrábamos un trabajo.

El fin de la huida de España no era otro que buscar una oportunidad y poder establecer un futuro con mi nova. La llegada ya fue dura, por aquel entonces yo todavía llevaba el pelo Afro y me acercaba más a un indigente que a una persona decente. Su tío, una persona con doctorado en Oxford, no veía con buenos ojos mi presencia en su casa y pronto empezamos a tener los típicos conflictos que tendrías con tu compañero de piso.

Desde siempre he sido una persona que le cuesta mucho hacer caca en sitios que no fueran en mi casa, y hacerlo allí era una odisea de dimensiones bíblicas, su casa se disponía de dos aseos, uno en su habitación de matrimonio en el que estaba prohibido entrar, y otro en la cocina, que es el que usaban los invitados, con la mala suerte que ese tenía un disipador de aire en el techo que daba justo a su habitación y según el hacía mucho ruido cuando alguien lo usaba, y a mí me gusta tirarme mi tiempo cuando estoy cagando, así que cada dos por tres estaba quejándose.

Por aquel entonces yo seguía echando currículums para poder escapar de esa casa lo antes posible, siempre en bares como ayudante de cocina o limpiador debido a mi escaso conocimiento de la lengua inglesa, me hicieron entrevistas en varios sitios en las que yo solo asentía con la cabeza o decía “yes” a cualquier pregunta hasta que conseguí una prueba para un restaurante Kebab. El encargado me había dicho que tenía que llevar el uniforme y un gorro para poder trabajar, el problema era que mi pelo no permitía llevar nada que pudiera tapar el volumen, así que tuvo la maravillosa idea de grapar tres gorros. Allí estaba yo, con tres gorros en mi cabeza preparado para aprender la técnica en el corte del rollo de carne o el noble oficio de cambiar el aceite de la freidora de patatas y falafel. Pero ambos sabíamos que yo no encajaba ahí, y por muchas ganas que le pusiera los trabajadores solo me mandaban a tomar te al fondo del local.

Semanas más tarde había encontrado un trabajo y un piso, pero ya era demasiado tarde, mi novia había decidido irse a otro país para mejorar laboral mente, me habían dejado el pelo de Robert Smith en una peluquería Afro del barrio ya que no me dejaban trabajar si no me lo cortaba y vivía con una compañera de piso que cada vez que desayunaba me despertaba con la alarma de humo porque se le quemaban las tostadas, pero eso ya es otra historia.