288. TODO LOCURA
Fernando Santos Suárez | Olivier

I
Por cómo caminaba por los pasillos yo ya sabía que se avecinaba una tormenta. El conde-duque entró en la biblioteca y dio dos palmadas. Todos los secretarios nos apresuramos a recoger todo y abandonar la sala.
– Tú no, Serafín.
Cuando ya estuvimos solos, me miró con desesperación y exclamó:
– ¡El imperio se va a la mierda!
Tomo aire, suspiró y continuó:
– No sé qué más hacer. Portugal está perdido. La guerra con Francia nos está saliendo cara. Y con tanto desgaste no somos capaces de recuperar Cataluña… Aunque esos energúmenos acabarán volviendo con las orejas gachas. No saben lo que han hecho echándose en los brazos del francés…
– ¿Y el rey qué dice de todo esto? –me atreví a preguntar.
– ¿El rey? ¡Ja! El rey dice que esta temporada no se está dando bien, que vaya buscando otro lugar para cazar, que los alrededores de El Escorial están esquilmados… Para colmo, hace ya dos años que murió la reina y el infante Baltasar, nuestra gran esperanza, muerto también. Fulminado como por un rayo a los 16 años.
– No sé qué decirle, Excelencia. Mi madre en estos casos siempre dice que el tiempo todo lo cura, pero……
– ¿Qué has dicho? –me interrumpió de repente, como sorprendido por una revelación.
– Que mi madre dice que el tiempo todo lo cura -repetí sin entender muy bien.
– ¡Eso es! ¡Todo locura! Necesitamos una locura. Un movimiento total. Algo que resuelva todos nuestros problemas de un plumazo y nadie se espere. ¡Eres grande, Serafín! –El conde-duque giraba nervioso pero extrañamente ilusionado por la sala.
– Pero, ¿cómo?
– Tú sabrás, Serafín. No sé cómo lo vamos a hacer pero desde este momento eres el encargado de pensarlo. Idea un plan. Tienes veinticuatro horas. Lo llamaremos “la solución final”.
– No me gusta cómo suena, señor…
– Ponte a trabajar ahora mismo, Serafín. Mañana vengo a esta misma hora. Ah, y saluda a tu madre de mi parte.

II
– ¿Y el sueco está de acuerdo? – El rey no terminaba de estar seguro.
– Sí, majestad. Al rey Christian le parece el golpe de efecto que necesita para sentenciar la guerra en el Báltico –aseguró el conde-duque.
– ¿Y la Iglesia qué dirá de esto, Guzmán? Nos excomulgarán.
– Majestad, con tantas iglesias que hay por el mundo, no tenéis más que crear la vuestra propia. Ya lo hicieron los anglicanos, ¿no?
– Ya, tienes razón… Y con el tema de la sucesión, ¿qué hacemos? –insistió el monarca.
– ¿No tenéis algún hijo bastardo al que podáis reconocer? –sugirió el conde-duque.
– Hombre, por tener… Tengo para elegir. ¿Qué propones? ¿Reconocer a uno y nombrarlo heredero?
– Eso es. Uno bien plantado, que le entre al pueblo por los ojos… -dijo golpeando con el codo al rey.
– Tengo a Juanjo; es joven y bien parecido.
– ¡Hecho! Mañana convoco al Consejo.
– ¿Y el tema de la cama? –Felipe IV bajó el volumen.
El conde-duque se acercó al rey, enmarcó su cara entre las manos y, con una sonrisa de medio lado, le dijo:
– Relájese y disfrute, majestad.