502. TODO UN DONJUÁN
Ana Maria Abad Garcia | Acróbata

El conservador del museo pasea orgulloso entre los uniformes militares de la sala a su cargo. Tiene a gala que siempre estén impecables dentro de sus relucientes vitrinas de cristal. De pronto se detiene, se ajusta las gafas sobre el puente de la nariz y frunce el ceño. Abre la urna que protege uno de los trajes y lo observa más de cerca. ¿Qué hace una brizna de hierba en la charretera de la casaca del capitán? La coge con dos dedos y la disecciona con la mirada: no hay duda posible, es hierba de jardín, y su tono verde vibrante delata que ha sido arrancada hace poco.
Con el minúsculo indicio apresado con fuerza entre sus dedos, corre con presteza a pedirle explicaciones al conserje. El buen hombre, apurado, no sabe qué decirle: no, ese día no ha visitado el museo ningún grupo escolar; no, él no ha movido ningún traje de su sitio; ¡y no, por supuesto que no le ha prestado ese uniforme a nadie!
Cuando el eco de sus pasos se pierde por las salas vacías y su vehemente discusión se reduce a un murmullo lejano, la casaca del capitán se estremece de risa y se frota las mangas, ansiosa porque se vayan todos a casa para escabullirse de nuevo al jardín. Esta noche tiene su segunda cita con un vestido de coronación de la sala contigua, que a la luz de la luna no resulta tan estirado.