1542. TODO UN SEÑOR
Manuel Ruiz Campaña | MetalKiller

Corría sin parar a lo largo del camino, mientras sujetaba con una mano el sombrero cordobés que le cubría la cabeza. Lo hacía con garbo, el tronco recto, larga zancada y el palillo aún entre los dientes. A pesar de sus esfuerzos para no salir desaliñado de aquel incidente, no paraba de reír. Atrás quedaba, cada vez más lejos, la turba de pueblerinos que, empuñando navajas y garrotes, le perseguía.

Apenas un cuarto de hora antes había llegado a aquel pueblo, rodeado de campos yermos y carentes de fauna. Un enclave muerto y sin actividad apreciable. Cuando entró en la taberna, una veintena de ojos se clavaron en su porte, distinguido aunque con la evidente ausencia de una higiene frecuente. Se acercó a la barra y pidió un chato, chasqueando los dedos ante la mirada sorprendida del camarero. Mientras le llenaban el vaso, amenizó la espera golpeando rítmicamente el mostrador con los nudillos y canturreando un popurrí de coplillas. Consumió el vino de un trago, y buscaba algo en los bolsillos del chaleco cuando un hombre orondo, de dedos gruesos y rostro sin afeitar, se acercó y le habló desde debajo de la boina negra que ceñía su frente:

—Las cosechas perdidas; los rebaños muertos o enfermos; las gallinas ya no ponen… ¿Y vienes tú con esa alegría? ¿Quién coño te crees que eres? Yo te lo voy a decir: eres un hijo de la gran puta, un cerdo, un perro, una alimaña rastrera a la que habría que apalear…—le espetó al recién llegado a pocos centímetros de su cara, terminando la alocución con un escupitajo sobre sus botines polvorientos.

—Peru hombre, compaaadreee, un poco de rispeeetooo. Haga el favol de no tuteaaarmeee, que yo no le hi dao esa confiaaansaaa —respondió, sin parar de sonreír, aquel forastero tan elegante como pringoso. —¿No tindrá usté un cigarriiillooo? —tuvo tiempo de preguntar, antes de ver al resto de los presentes levantarse de sus asientos con los rostros desencajados.

Detuvo su carrera cuando, al mirar hacia atrás, vio a la banda de exaltados convertida en apenas una nubecilla de polvo. Jadeante, se inclinó y apoyó las manos sobre sus rodillas, recuperando el aliento. Su eterna sonrisa se convirtió en carcajada cuando recordó que no había pagado el chato.