TODO VA A IR BIEN
TAMARA MARTIN QUILES | Amparo MJ

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Allí estaba yo. Sola. Bueno, en realidad, no sola del todo. A mi alrededor había muchas personas, muy diversas entre sí, ellas también parecían estar esperando algún tipo de encuentro.

No fue fácil encontrar el lugar exacto. Los carteles con tantas palabras y flechas se me hacían confusos. En cualquier caso, nunca he destacado por mi buena orientación.

Hace días se había fijado el día y la hora exacta de la cita. Hacía días no podía centrar el pensamiento en el trabajo, ni en las clases de teatro o pintura. No tenía ganas de quedar con nadie más. No creía ser capaz de aguantar las preguntas para las que aún, ni yo, tenía respuestas. Siempre he odiado el “todo va a ir bien”. No, no siempre todo se soluciona con un “todo va a ir bien”.

Creo que mientras esperaba conseguí morderme más uñas que dedos tenía la mano, chasqueé los nudillos a conciencia, doble el papel que tenía entre las manos con más destreza que un maestro en papiroflexia.

Por fin mi número en pantalla. Mi turno.

Dos toquecitos suaves en la puerta antes de abrirla. Un delicado empujón asiendo el pomo y allí estaba él. Sentado detrás de la mesa, resguardado tras la pantalla del ordenador. Me sonrío fugaz y tímidamente, antes de invitarme a tomar asiento al otro lado del tablero.

Había elegido para la cita una bata de un blanco impoluto que contrastaba con su camisa color azul marino. Creo que aparentaba más edad de la que tenía, o quizá fuese simplemente cansancio acumulado. Lo encontré algo tenso, tenía algo que contarme que intuí por su cara no me iba a gustar. Aunque aún no nos conocíamos bien, me pareció que a él no le gustaba romper el hielo con malas noticias.

En un instante que no sabría precisar, examiné nuestra conversación desde fuera. Me observé sentada con la espalda bien pegada al respaldo, las piernas parecían haberse fusionado a la altura de las rodillas, el rictus tenso. No entiendo como mantenía el rizo del mechón delantero si no cesaba de estirarlo entre los dedos. Tenía la mirada pérdida, asintiendo con la cabeza al ruido de fondo. También algo vidriosa siendo honestos. Por qué habría pensado que el pantalón verde con la blusa amarilla sería una combinación acertada de colores. Más ruido de fondo. La pierna derecha vibraba de manera independiente al resto del cuerpo, como si hubiese decidido tener prisa y ya no le interesara seguir allí sentada.

De fondo, palabras inconexas. Carcinoma… radioterapia… familiares…seguimiento… ciclos de quimioterapia…cirugía…

Me alarga un pañuelo de papel.

Una mueca que permite entrever una sonrisa, me aseguró que todo iba a ir bien. Por esta vez, acepté la expresión como una prórroga cuando pensaba que entraba en tiempo de descuento.

Me entregó por escrito el día y hora de nuestra próxima cita. Nuestra segunda cita.