618. TOMANDO TÉ
Esperanza González Del Val | Paz Serena

Treinta y tantos tacos y ese tonto de Tintín todavía no tenía tintes de tantearte. Mientras tomabais el té sentadas en los taburetes toscos de la taberna, Teresa te planteó su punto de vista:
– Estate tranquila –te soltó Teresa ante tu turbación–. Tintín te comentará que tiene una tela en la que trazará tu retrato con témperas, o que trabajará en una estatua de tiza tremenda para tenerte presente. Y todo para tocarte. Es su táctica. Te teme. Teme que tu tacto le torture en las tristes tardes en las que transcurrirá su otoño. Teme que su arte traspase tu túnica y su talento se tope con tu tez. Teme que pretendas terminar antes de tomarte.
Tú no lo entendiste. Estaba como un tren. Un tropel de titis le tiraban los tejos y él se contentaba con tontear torpemente contigo, una tímida tísica con la tos tomada por la rutina y la retina tomada por su semblante. Tú pretendías terminar con esa puta virtud intacta que estrangulaban tus tejanos antes de que el tabaco y la tuberculosis te trasladasen hasta la tumba y te topabas con una tormenta interior que te tambaleaba.
– Eres su tentación. No titubees –continuó tajante Teresa–. Ni Satán con su tridente, ni trescientos truenos tronando atronadoramente, detendrán el viento que trae a su norte tu existir. Pero esas trenzas que tienes son una traba. Quítate las trenzas, ponte algo transparente, transfórmate en una tigresa sin traumas y estira tus tentáculos. Con esta estrategia tendrás éxito garantizado. Su trompeta estará tan tiesa y tensa que le tumbará en el tresillo y sus testículos estallarán como un termómetro traspasando el trópico.
Teresa era tarotista y teatral, pero sin tarifa y sin tapete de terciopelo. Estaba un poco tarada. Hacia terapia con tequila y trataba de templar la tensión introduciendo términos de textura tibia como testículos o tetas. Tú temblabas y tartamudeabas antes su retórica con la que tergiversaba tus testimonios, así que te fuiste taciturna al tocador. Sentada en la taza tomaste una determinación. Invitarías a Tintín a tomar un tinto en tu terreno. En ese momento tu tímpano atrapó las notas de una tonadilla tradicional que tarareaban tres tunos en la terraza dando el tostón a unos turistas. La tesitura se interrumpió por el timbre del teléfono entrando en tu mente. Intuiste una tenue tensión y tardaste en contestar. Era Tintín. Con su torrencial magnetismo te contó que estaba en una torre de Toledo y terminó diciéndote que era un títere sometido a tus encantos. Una tonelada de sentimientos te asaltó. Comenzaste a trepar por los túneles tántricos y en tinieblas de la ternura y el tótem tatuado en tu tobillo tropezó con un tranvía sin control. A tu vuelta Teresa no entendería tu terrible tiritona, ni tu taquicardia, ni tu tinte granate. En un tris tras decidiste tener un ataque de tos para proteger el secreto de tu tránsito por la excitación en el retrete y continuaste la tertulia trivial a trompicones.