Tomate
Álvaro Tabales Prieto | Tabales

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Lo que más pánico me daba de la primera cita era pensar que podía ser la última. Ni siquiera me asustaba el encuentro, sino el rechazo. Aún recuerdo la primerísima de todas. Fue junto a Elisa.

Con 14 años lo lógico era haber tenido tu primer amor, que te hubieran roto el corazón y tal vez haberte dado tu primer beso con alguna prima del pueblo. A mis amigos solo les interesaban las mujeres y el fútbol, sin embargo a mí lo único que me importaba era cocinar.

En mi casa se podría decir que eran pescetarianos. No recuerdo un día en el que mi padre comiese algo verde que estuviese en el plato. A mí el pescado me aburría, de hecho creo que nunca me gustó, pero él me obligaba a comerlo. Decía que me haría un hombre… Cómo si yo no lo fuera.

Cuando él se fue empecé a probar otras cosas. Plátanos, pepinos, zanahorias… Pero lo que más me interesaba era la carne. Por primera vez encontré algo que me apasionaba y que me gustaba de verdad.

Con los años me apunté a un curso de cocina, para conocer a gente con mis mismo gustos. Tristemente a esa clase solo iban mujeres. Elisa entre ellas, a la cual no pude dejar de mirar. Llevaba toda la ropa de color negro, un maquillaje que podría haber hecho un tanatoestético, los antebrazos llenos de tatuajes y cubiertos por cadenas de metal. El único color que había en ella era el de su pulsera multicolor y sus ojos verdes.

De primeras sentí miedo de hablarle, hasta que vino ella a mí. En ningún momento pensé que fuera su tipo, ni ella el mío, pero nos llevamos muy bien. Su maquillaje gótico no significaba que no pudiese ser graciosa.

Poco tiempo después me dijo de quedar. Creo que si no lo hubiese hecho ella todavía seguiríamos hablando de si el tomate es una fruta o una verdura. Todo el mundo cree que es una verdura, y creo que es porque mayoritariamente se usa en ensaladas y está junto a otras verduras, pero nada de eso. El tomate es una fruta, y no iba a aceptar discusiones.

Por nuestros gustos quise invitarla a un restaurante. El más lujoso de todo Madrid. En el que te ponen un garbanzo en el plato, le llaman deconstrucción y te cobran 200€. Para muchos un robo, para nosotros arte.

La vi llegar a lo lejos. Venía guapísima, vestida de negro por supuesto, pero muy guapa.

Llegó el camarero. Me sonrío y le sonreí. Salió instintivo. Después de elegir la carta nos tocó esperar. Pasó bastante tiempo, Eli me hablaba, pero yo no paraba de buscar la mirada del camarero. Ella se dio cuenta y yo intenté justificarme con que estaban tardando mucho, pero bajo esa mentira ella sabía la verdad.

Fue gracias a ella que supe que yo era un tomate. Para muchos una verdura, pero para mí, una fruta.