1470. TOPETARLO
Ainhoa Lizarraga Villota | Maggi

Mi hermana siempre ha destacado por su belleza y unos radiantes ojos oscuros de largas pestañas y mirada deslumbrante. Eso sí, ve menos que un topo.
Las seis dioptrías que empañaban su visión le habían traído momentos de cierto bochorno, pero también hilarantes; es lo que llamábamos hacer un Topacio. Y es que este era el nombre de la bella protagonista con discapacidad audiovisual de un culebrón televisivo. Como aquella vez en la playa que mi hermana al salir del agua se sentó junto a un grupo de desconocidas pensando que eran sus amigas; que, mientras tanto, sin poder contener la risa, le hacían señas y aspavientos para advertirla de su error.
En una de las ocasiones que perdió una de sus lentillas, a fin de evitar situaciones similares, me pidió que recogiera las nuevas que había encargado. Así que encaminé mis pasos hacia la óptica, una de las más elegantes de la ciudad.
Constaba de dos ambientes; uno dedicado a la optometría y otro con aire de boutique. Dos escalones de madera daban acceso a la óptica, situada unos metros por debajo de la acera, al igual que los demás locales. No había nadie a excepción de la dependienta a quién solicité el pedido. Amagó algo similar a una sonrisa distante y me comentó que era la puerta de al lado. Qué tonta, es verdad; me disculpé. Había accedido a la óptica por la zona de la boutique.
A pesar de la primera impresión, me acompañó amablemente hasta los escalones e incluso me tomó del brazo con suavidad.
Salí a la calle y atravesé la puerta del área de optometría. El cambio era notable: una luz fría restaba calidez a un espacio, elegante pero aséptico. El dependiente me entregó las nuevas lentillas con las que mi hermana dejaría de ser un topo para volver a ser Topacio.
Unos días después, paseaba cerca de la óptica con mi hermana y le dije que me acompañara a elegir unas gafas de sol. Al llegar me detuve para acceder por la zona de la boutique y empujé la puerta. Mi hermana asombrada me dijo: “¿a dónde vas?”
Entonces, miré el escaparate y me percaté. No era la otra zona de la óptica. De hecho, no existía esa área estilo boutique que mi cabeza había recreado, sino que era la tienda adyacente de complementos. De pronto, recordé la diligencia de la dependienta tomándome del brazo para acceder a los escalones. No fue solo amabilidad, sino conmiseración ante lo que ella interpretó como una falta total de agudeza visual. Vamos, pensó que veía menos que un topo.
Sin poder contener la risa, le conté lo ocurrido a mi hermana y las carcajadas no nos dejaban ni respirar. Comparar esa cantada con hacer un Topacio se quedaba corto. Era pasar de pantalla, lo que ahora llamamos topetarlo: un cabezazo mental de quién lo topeta porque mira sin ver.
Ya lo dice el refrán: quien lo topeta viendo, no le venga a Topacio riendo.