TORTITAS CON NATA
ANTONIO LLERAS SANCHEZ | LUDUS

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Las manos le sudaban. ¡Era tan raro llamar a su propia puerta!

«¡Voy!», gritó Marta desde el pasillo. Sus pasos, cada vez más cerca. Estaba a tiempo de marcharse.

—Sergio —le dijo sin parpadear.

—Perdona que no te haya avisado.

En el descansillo se escuchaban las puertas del ascensor abriéndose en el piso de arriba. Un carro de la compra. La señora mayor, que volvía de la frutería.

—Hombre, no habría estado mal que me avisaras.

—Ya… Perdona. De verdad.

—Bueno, ya está. Tampoco pasa nada —le contestó Marta.

—Solo quería verle.

—Está en la habitación……Pero… ¡No habrás venido para llevártelo el fin de semana! Así, ¿de primeras?

—¡No, no!

—A ver, que estás en tu derecho. Que cualquier juez te daría la razón y, que, joder, que yo no quiero que lleguemos a eso nunca.

—Que no… solo era verle, darle un abrazo…

—Oye, puedes invitarle a merendar a la cafetería de abajo.

—¡Si me vale con este rato en el descansillo!

—Hace un poco de frío…

—Ya.

—Lo que quieras, pero mejor estaríais en la cafetería. Te diría que pasaras, pero……

—No, tranquila. Está bien. Oye, esa camiseta es nueva, ¿no?

—Sí, la compré el otro día en el Zara. ¿Por?

—Es muy tuya.

—No sé si eso es algo bueno o malo.

—No mujer, que es chula. Te sienta bien.

—Más tuya es esa chaqueta negra —sonrió—. ¿Cuántos años tendrá?

—Pfff… esta la compré cuando estuvimos en Croacia, ¿no?

—¡Ah! Pensaba que era de Noruega……

Troy comenzaba a ladrar en el piso de al lado.

—Tenías sesión esta mañana, ¿no? —le preguntó Marta.

—Sí.

—¿Y?

—Todos chavales de quince a veinte años.

—Pues en tu salsa entonces.

—Tocado.

—Por lo menos te lo tomas con humor.

—Nunca hay que perderlo.

—Joder, Sergio… Cada vez que lo pienso… ¡Me pongo mala! ¡Pero cómo fui tan pava como para no preguntarte de dónde sacabas la pasta! Bueno, más que pava… imbécil. ¡Pero en qué cabeza cabía ver como normal que me cambiaras de iPhone cada dos por tres!

—¡Papá!

Mateo aparecía corriendo descalzo por el pasillo directo al cuello de Sergio.

—¡Que me tiras, animal!

—Venga, Mateo, cálzate, que papá te va a invitar a merendar —le dijo Marta.

—¡Toma! ¿Pueden ser tortitas con nata? Porfa……

—Sí, claro, pero ponte las zapas.

—Perdona, que igual no era el momento de esa charla.

—Que sí, que sí que era el momento. ¡El que la cagué fui yo!

—Bueno, pues ya está. Para ser tu primera visita, vas servido. Oye, a ver si le sacas a Mateo algo que le ha pasado con Álvaro. Creo que se han pegado.

—¿Mateo pegándose? Bueno, lo intento…

—¿Ya estás listo, gordo? Venga, vámonos.

—¡Adiós, mamá!

—¡Gracias! —le dijo Sergio desde el ascensor.

«Gracias a ti por haberte atrevido a subir», leyó Sergio en el teléfono mientras entraban en la cafetería.

Estaban echando el Betis-Elche. Aunque había querido sentarse de espaldas a la tele, iba a resultarle difícil no mirar.

Estaba convencido de que el Betis iba a ganar.

Seguro.

Lo difícil iba a ser acertar por cuántos goles de diferencia.