1099. TRACTO RECTAL
LEANDRO GRACIA GARCIA | CAPRICORNIO

Era la primera vez que experimentaba aquel dolor agudo y punzante. Algo me abrasaba por dentro, ya casi en el exterior, justo donde asoma y remata el final del intestino, en esa abertura desde la que uno puede contemplar el mundo con indiferencia y estupor.
Un sudor frío y electrizante me empapaba la frente y se deslizaba por mi rostro. Me sentía como si un espíritu del mal me estuviera poseyendo por el reverso con ardientes y violentos empellones. El dolor me impedía ver la vida con la necesaria objetividad y el desánimo comenzaba a intoxicar mi mente. Me fui cargando de pesimismo. Llegué a creer que mi final estaba ya cerca. Presagiando lo peor, decidí acudir a la sala de urgencias de un hospital.
Me tomaron los datos y me dejaron tumbado en una camilla durante varias horas en mitad de un pasillo. Tras la dilatada espera, me trasladaron a un cuarto donde, al parecer, iban a examinarme.
«Bájese los pantalones» —dijo la doctora con voz autoritaria y contundente. Dudé un instante entre dos réplicas posibles. La primera de ellas mucho más previsible que la segunda: «¿Es absolutamente indispen¬sable que lo haga?, apenas hemos tenido tiempo de conocernos». La segunda, algo más intimista que la anterior, rezaba lo siguiente: «Creí que nunca me lo ibas a pedir. Me resulta tan excitante que tomes tú la iniciativa, nunca me había ocurrido». Pero al instante regresé al mundo real y me olvidé de las fantasías. Obedecí sin rechistar con una mirada de desconcierto. Ante mí se abría un futuro inmediato nada esperanzador.
Y eso no fue lo peor. Justo cuando estaba a punto de culminar mi fantasía erótica con la doctora, un fornido enfermero hizo su aparición provisto de un guante de goma en una de sus manos. Al verlo, comprobé que mi mundo se derrumbaba, que la vida ya no tenía sentido para mí.
Presa del pánico, comencé a hablarle a la doctora: «no sería mejor que se cerciorara usted misma de mi patología, que me examinara personalmente el orificio donde se oculta el dolor que me acomete. Un error de apreciación podría resultar fatal. En medicina, como en matemáticas, no siempre dos más dos son cuatro, o por qué no me receta una pomada y asunto zanjado, y me voy por donde he venido con mi dolor a cuestas».
La doctora me interrumpió: «Túmbese boca abajo en la camilla que van a inspeccionarle a fondo la zona afectada». Adopté una postura de sumisión y derrota. Con infinita resignación comencé a notar un cuerpo extraño que penetraba en mi interior. El dedo intruso avanzaba en zigzag atravesando mi carne frágil y atormentada mientras yo tensaba con fuerza todo mi cuerpo. Alguien me profanaba por la retaguardia sin piedad mancillando mi nombre. Alguien ultrajaba mi más profunda y delicada intimidad, ese reducto inexpugnable que yo había guardado con tanto celo durante años. No pude evitar tener que lamentar más mi deshonra que mi padecimiento físico.