Tragarse un armario
Gloria Valdivia | Pata

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Su preparación se limitó a decirse a sí misma: “Si todas pueden, yo también”. Ahora sabía que ella no sería capaz. Iba a morir. En aquel lugar helado, como la cámara frigorífica de una carnicería.

La bola de hierro de dolor volvió a hacerse paso a través de sus vísceras. Su piel no resistiría el contraste entre el ambiente gélido del exterior y la caldera de carbón que la abrasaba por dentro.

Vio miedo en los ojos de Jaime. Estaba allí a su lado, pero ella se sintió más sola que nunca. Él no podía ayudarla ni comprender su padecimiento. Ese hombre al que ella una vez quiso, que fue su casa y capaz de sanarla con su abrazo, ahora la miraba aterrado. Podía adivinar en su garganta el ovillo enredado de palabras no dichas. Si lograba sobrevivir ya nada sería lo mismo, porque ella no podría olvidar que ese hombre que estaba a su lado, se encontraba en realidad muy lejos.

Algunas personas entraban y salían de la sala y se dirigían a ella ajenas a la apisonadora que recorría la parte baja de su espalda, aplastando todas sus vértebras a su paso. Solo una, una mujer, puso su mano cálida sobre la de ella y le susurró palabras de consuelo al oído. Le prometió que faltaba poco, pero ella lo escuchó como una sentencia, porque no quería que faltara poco, sino que el sufrimiento terminase de una vez. La ternura de aquella mujer frente a la crueldad de su agonía le provocó un llanto desconsolado. Las lágrimas se abrían paso entre los churretes de sudor de su cara.

El dolor, como la reacción en cadena de una explosión nuclear, fue ocupando cada centímetro de su cuerpo. Desplazó los huesos, los órganos, los tejidos, desgarró capilares, venas y arterias, se manifestó en forma de sangre derramada y de grito ahogado.

La mujer de la mano cálida no se separaba de ella. La mirada horrorizada de Jaime estaba cada vez más lejos, tras la maraña de palabras que le cerraba la garganta. Alea jacta est. Una ráfaga fugaz de pensamiento le recordó a su profesora de Latín, una punk de la que nadie habría pensado que venía de la Facultad de Lenguas Clásicas. ¿Así era la muerte? ¿Tu cabeza se llenaba de imágenes banales de tu vida, en vez de pensar en lo importante?

Allí se quedó el recuerdo, sepultado por el dolor que la habitaba y expulsaba de ella todo aquello que no fuera más dolor.

—Ya está aquí, cariño— le susurró al oído la mujer de la mano cálida.

Ella buscó a Jaime. Tampoco él se había preparado. Habría pensado que si todos podían, él también. Y ahora estaba allí, como un trasto, impotente y callado. Mirándola padecer.

Entonces apareció otro recuerdo, uno que ella misma se encargó de enterrar en su interior desde que, a los nueve años, mientras acunaba a su muñeca y veía a su madre preparar unas croquetas, la oyó decir: “Tener un hijo es como tragarse un armario”.