1318. TRAGICOMEDIA SOBRE LA VIDA UNIVERSITARIA.
ALBA BRANDÍN CACHAFEIRO | DALSY

Digamos que mi primer contacto viviendo sola, siendo una estudiante independiente a la que su madre aún le paga todo y estudiando para acabar en la cola del paro, no empezó muy bien.

Esta es la tragicomedia sobre mis inicios en la universidad y en un piso que, por suerte, sólo se está cayendo a cachos por la mitad.

Mi casera, una señora con cara de pocos amigos, no se esforzó mucho en esconder los estropicios del piso pero ese cubículo era mi última opción, aunque viéndolo en retrospectiva, vivir debajo de un puente hubiese sido mejor.

El piso, lleno de armarios empotrados de la época de Franco, no ayudaban a crear un ambiente hogareño pero echándole un poco de imaginación y con un par de plantas se podía arreglar. No como la nevera, que empezó siendo mi peor enemigo ya que era, únicamente, un armario con luz puesto que era la única funcionalidad que ese electrodoméstico tenía, porque no enfriaba. Pero bueno, si la vida te da limones, haz limonada. En mi nevera limonada caliente, pero al fin de cuentas, limonada.

Mi siguiente enemigo fue, irónicamente, el frío polar. Situémonos, otra vez, en un piso que se quedaba muy lejos de ser, si quiera, el baño del Palacio de la Zarzuela. El suelo es completamente de losa y el frío emana de cada poro de ese suelo. Quiero creer que el frío es por la losa, porque pensé que podía ser el frío de algún espíritu que viviese en el piso, pero prefiero vivir únicamente congelada y no congelada y acojonada. Pero la época glacial no se iba a quedar a vivir conmigo así que decidí contactar con un técnico quien, amablemente, me arregló el termostato de la calefacción. Cuando la calefacción iba a ser mi mejor amiga resulta que no funcionaba. No me sorprendió, sinceramente, debido a las catastróficas desdichas que me estaban sucediendo pero me alineé los chakras y, con la mayor amabilidad del mundo, llamé al técnico quien, a sorpresa de nadie, se había equivocado al arreglar la calefacción y había invertido los cables del termostato.

Ahora, si vienes a mi apartamento y no quieres morirte de frío, pon la calefacción a menos cinco grados y apágala poniéndola a veinte grados. Supongo que si la vida te da palos, hazte una cabaña. Te aseguro que estarás mejor que en mi piso.

Después de arreglar la nevera y la calefacción ya sólo me quedó luchar contra las puertas que no cerraban, una lavadora que se inundaba, un vecino con complejo de carpintero a las dos de la mañana e insectos de tamaños excesivamente grandes que se colaban por las ventanas.

Mis inicios a la vida universitaria no han sido los mejores, pero algo que he aprendido es que si la vida te da limones, mejor sírvete un cubata.