TREINTA AÑOS
Guillermo Portillo Guzmán | Lucio Cornelio Balbo

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Decidí asistir al congreso que se iba a celebrar en Madrid ese fin de semana. Me había dejado llevar por ese sexto sentido que, indiscutiblemente, tenemos los hombres. Ese llamado “sexo sentido” que te da por pensar cosas que después no ocurren.

Junio transportaba la última brisa del final de la primavera, antes que el calor estival explotara. Encendí la radio del coche sin imaginar que el canal presintonizado estaba emitiendo un recopilatorio de los ´90.

Escuchando esos temas, un recuerdo perdido afloró al presente. Una imagen escondida en lo más profundo de mi alma salió a la superficie, como lo haría un náufrago que necesita respirar en mitad de un océano, antes de dar su última bocanada de aire y dejarse morir al instante siguiente.

Levanté el pie del acelerador porque, aquella curva, aquella música, aquellas pa-labras y recuerdos se amontonaban unos encima de otros intentando escapar por la ventanilla, todos al mismo tiempo. Unos minutos después, tras respirar profundamente varias veces para oxigenar las neuronas que guardan los recuerdos que no deseas olvidar nunca, llegué al hotel.

Decidí tomar algo en la terraza sin percibir que, en ese momento, la música so-naba a un volumen tan bajo que quedaba casi apagado por el rumor de las conversaciones y el ruido de los carritos que transportaban las maletas.

Entonces, justo antes de atravesar la puerta de cristal que da acceso a la terraza, la vi. ¿Qué hacía ella allí? ¿Por qué volvíamos a encontrarnos después de treinta años? ¿Qué sucedería si osaba acercarme? Nunca supe qué fue de su vida, sencillamente la dejé marchar. Mejor dicho, la perdí. ¿Qué hago ahora? Mi sexto sentido, ese del que hablo al principio, y del que los hombres creemos erróneamente vanagloriarnos, volvía a equivocarse de nuevo.

Ella miraba con atención su móvil, hecho que le impedía verme. Entonces, escuché con nitidez la música ambiente y, sin poder evitarlo, mi mente se transportó con los primeros acordes treinta años atrás. “Presuntos Implicados” volvían a cantarla para mí, para nosotros, volviendo a implicarnos. –“No hay palabras para entregar lo que ofrecen las manos cuando se ha de amar, ninguna palabra embellece el poema de esa sensación”. –“No hay palabras para expresar lo que pesa el vacío de mi soledad. Que se vuelva palabra ese desnudo del ser y que entregue el discurso que guardo en mi piel”…

En ese justo momento se acercó a su mesa un camarero para tomar nota.

–Un café con leche, por favor.

–Enseguida.

Esperé unos instantes más y, mientras recogía todos mis recuerdos desper-digados por el suelo, el camarero preparó el café. Segundos después, portando su bandeja, se dirigió a la terraza para servirlo. Salí a su encuentro y lo detuve:

–Si no le importa, se lo serviré yo.

Ella seguía concentrada en su móvil, hecho que me permitió acercarme a su me-sa sin que me prestase atención.

–Aquí tiene su café… Y el abrazo, ¿cómo lo quiere, corto, medio o largo?